María, auxilio de los cristianos

Se sabe a ciencia cierta que D. José Gálvez, a lo largo de toda su vida, mantuvo una devoción y cariño muy especial a María Auxiliadora. La visitaba a diario en el santuario de las Escuelas de San Bartolomé y solicitaba su intercesión en los momentos difíciles -que fueron muchos- de su vida. Pero no está sin embargo tan claro cuál fue el origen de dicha devoción, pues está demostrado que Gálvez no cursó -como a veces se ha afirmado- sus estudios primarios en el colegio de la calle Eduardo Domínguez Ávila, del que sin embargo sí sería con el tiempo benefactor y cooperador salesiano.

¿De dónde, entonces, provenía su particular afecto a esta advocación mariana? Bien podría ser, como ocurriera en tantas otras ocasiones de su vida, por influencia de su madre, Dª Carmen Ginachero Vulpius. Dª Carmen tenía raíces italianas, y probablemente heredara a su vez de sus padres, transmitiéndolo a sus hijos, una especial ternura por María «Auxilio de los Cristianos» advocación popularizada por el santo de Turín, Don Bosco.

Pero repasemos un poco la historia. El título mariológico «Auxilium Christianorum» aparece en la Iglesia en 345, invocado por San Juan Crisóstomo: «Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios«. Más tarde, en 749, Juan Damasceno rezaba la jaculatoria «María Auxiliadora, rogad por nosotros«, señalando que María es «auxiliadora para evitar males y peligros y auxiliadora para conseguir la salvación«.

Ochocientos años después, en 1572, esta jaculatoria sería rezada en todo el orbe cristiano tras la victoria en la batalla del Lepanto, pues la flota combinada de la Liga Santa (España, los Estados Pontificios, Venecia, Malta, Génova y Saboya) consiguió derrotar a unas fuerzas turcas muy superiores en buques y hombres en «la más alta ocasión que vieron los siglos«, como la definiría uno de sus combatientes, el genial Miguel de Cervantes. También los católicos del sur de Alemania honrarían a la Virgen con este título tras librarles de la invasión protestante con el fin de la Guerra de los Treinta Años.

Pero fue en 1814 cuando el Papa Pío VII instituyó la festividad de María Auxiliadora. Napoleón Bonaparte se había atrevido a capturar en 1809 al Sumo Pontífice, reteniéndole en Savona y confinándolo después en Fontainebleau. Tras cinco años de prisión, el apa casi había perdido la esperanza de recobrar la libertad, pues Napoleón parecía invencible.

El papa prometió entonces:

Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica«.

A partir de ese momento, Napoleón comenzó a sufrir derrota tras derrota, en Rusia, en Leipzig y definitivamente en Waterloo. El Papa, libre al fin, regresó a Roma el 24 de mayo de 1814. Fue en conmemoración del favor de la Virgen María por lo que Pío VII decretó que en adelante, cada 24 de mayo, se celebrara la fiesta de María Auxiliadora, como signo de acción de gracias a la Madre de Dios. Así ha ocurrido hasta la actualidad.

Don Bosco nació un año después, en 1815. Y él fue el gran impulsor de la devoción a María Auxiliadora. Solía decir: «Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros» y recomendaba repetir la jaculatoria «María Auxiliadora, rogad por nosotros«, pues -afirmaba- «quien la dice muchas veces consigue grandes favores del cielo».

Por los extraños giros de la vida, el santuario en Málaga de María Auxiliadora (la primera coronada canónicamente en España por el obispo D. Juan Muñoz -1907- y la cuarta en el mundo),  desde  julio de 1936 hasta febrero de 1937 fue convertido en centro de detención de la F.A.I., la Federación Anarquista Ibérica. Nueve salesianos fueron asesinados. Y precisamente allí llevaron en agosto de 1936 detenido a D. José Gálvez, esta vez no para rezar, sino para responder al interrogatorio al que fue sometido por los milicianos anarquistas. ¿Qué cruzó por la mente del Dr. Gálvez en aquellos momentos? Él mismo lo relató unos meses después al escritor Ángel Gollonet, que escribiría su testimonio, junto con otros relatos de la Guerra Civil, en el libro «Sangre y Fuego«.

D. José reconoce que al principio, mientras le conducían, sintió «pánico«, pero que al ver las caras de espanto de los obreros que le veían llegar, que le conocían y le querían, se tranquilizó. Viéndose preso, ¿se encomendaría entonces a María Auxiliadora, como hiciera Pío VII, como recomendara San Juan Bosco?

Comenzó el interrogatorio. Quisieron primero obtener de él que revelara el domicilio de los directivos de Acción Católica y de otras muchas personas. Se negó a delatar a nadie. Después le preguntaron si él mismo era presidente de dicha entidad. En aquellos turbulentos momentos de odio a la fe, reconocerlo podía suponer ser de inmediato martirizado. Pero no lo negó. Confesó valientemente su fe católica y después se encaró con sus captores.

-«Llevo ya cuarenta años trabajando en mi profesión, procurando atender a todo el mundo, y principalmente a los obreros. Vosotros lo sabéis bien. Y vosotros mismos, estoy seguro que no habéis trabajado tanto por servir al pueblo como yo, porque entre los domingos, los días de fiesta, la jornada de ocho o menos horas y las huelgas que con frecuencia tenéis, es bien poco lo que trabajáis al año. En cambio yo, como todos los médicos, trabajamos diariamente, sin tener horas de jornada, sin percibir horas extraordinarias y sin descansar los domingos ni días festivos».

En sólo seis minutos se decidió la sentencia. Gálvez sería liberado. Nadie consideró la posibilidad de imputarle ningún delito. La única discusión fue qué miliciano le llevaría de nuevo de regreso a casa.

Al final se encargó de ello el propio jefe de la patrulla que le había detenido, llevándole en coche de vuelta a su hogar, desde el santuario de María Auxiliadora.

La Fundación de las Escuelas del Ave María de Málaga

A quien desconozca la historia de Málaga, le sorprenderá saber que a mediados del siglo XIX, nuestra ciudad era probablemente la más industrializada de España, gozando de una agricultura y comercio exterior igualmente desarrollados.

En 1.900, la situación se tornó irreconocible, la agricultura se había colapsado hace años, como consecuencia entre otras causas de las epidemias de filoxera que arruinaron los viñedos; la industria siderúrgica prácticamente desapareció y el comercio se fue reduciendo progresivamente a mínimos insospechables cincuenta años antes.

La repercusión de la crisis económica se dejó sentir con fuerza sobre los sectores sociales más vulnerables. Los Jornaleros agrícolas, pequeños campesinos, obreros industriales y artesanos que no emigraron desde el campo a la ciudad, y al otro lado del Océano, constituyeron la base de una verdadera “economía de la pobreza” que permanecerá hasta bien pasada la guerra civil.

En este entorno, la educación de la infancia de las clases más desfavorecidas se encontraba prácticamente abandonada. Con una población de 131.063 habitantes, y un 66.61% analfabetos; Málaga contaba con tan solo 30 escuelas públicas, debiendo de entenderse que una escuela de esa época, venia constituida de ordinario por una sola clase en la que se atendía a todo el alumnado. Esto suponía, según los cálculos efectuados por la profesora Carmen Sanchidrián, en su fundamental trabajo sobre las escuelas, «Las Escuelas del Ave María. Cien años de educación social», que la administración ofrecía aproximadamente 3.000 plazas escolares. Escasísima oferta que era, según las autoridades municipales competentes en la materia, más que suficiente por falta de demanda.

La realidad era, en palabras de la citada profesora que “…no hay más escuelas públicas porque la gente apenas las demanda y no las demanda porque o bien los niños tiene que ganarse la vida y no pueden asistir a la escuela o porque no ven en ella una vía de mejora”. Y es que la educación era, en esta época o un privilegio, en el que las clases más pudientes acudían a las más de cuarenta instituciones privadas de enseñanza que existían en la ciudad, o bien una obra de caridad en la que el nombre de “escuela”,amparaba en muchos casos obras piadosas destinadas a aliviar la falta de alimentación y vestido de la infancia.

Son bastante ilustrativas, las circunstancias que acompañaron el alumbramiento de las Escuelas del Ave María en Málaga. Durante los primeros años del nuevo siglo, el sacerdote malagueño don Diego López Linares se encontraba hondamente preocupado por la existencia de una masa de niños vagabundos, que vivían solos por la ciudad, separados de sus padres, deambulando, comiendo y durmiendo como podían en los escalones o en los ojos de los puentes.

Siendo hombre especialmente dedicado a los más desfavorecidos, acudió a quienes habitualmente le auxiliaban en sus obras, entre los que se encontraba don José Gálvez Ginachero, para en palabras de don Jesús Corchón:

“… instalar unos dormitorios que él llamó “Refugios nocturnos”, pues verdaderamente solo servían para dormir (…) Esto consistía en que al anochecer los niños iban allí, se les admitía, entraban y don Diego les tenía preparado un café con leche, y un pedazo de pan, y luego a dormir, y por la mañana cuando don Diego acudía aquello ya estaba vacío, se habían ido despertando, y se habían ido y se acabó, pero a la siguiente noche volvían otra vez.”

Podrían haberse contentado los benefactores de este proyecto con mejorar las condiciones de alimentación o vestido de estos niños, asilándolos o beneficiándolos. Sin embargo, la personalidad don José Gálvez, profundamente convencido de la necesidad de promover socialmente a los grupos mas desfavorecidos, no se conformó con esta laudable tarea; sino que insistió en dar un paso más, trasformando el “Refugio” en “Escuela”, proponiendo a Don Diego adherirse al modelo de las “Escuelas del Ave María” que el Padre Andrés Manjón estaba estableciendo con éxito en Granada.

Este patronazgo quedó reflejado en el diario del Padre Manjón que refleja como el día 17 de diciembre de 1.904:

“Don Diego López Linares (presbítero) y don Joaquín Bujella (abogado) vienen a Málaga a empaparse en los procedimientos del Ave María para fundar allí bajo la protección de D. José Gálvez. ¡Ave María!”

De vuelta en Málaga, el proyecto no llegaba a concretarse, quizás porque los planes iniciales eran más ambiciosos, estando interesadas numerosas voluntades siempre difíciles de aunar; lo que determinó que Don Diego, que había seguido con el “Refugio Nocturno”, decidiera en 1906 instalar en el mismo local y con los escasos medios de los que disponía las escuelas, contando con la ayuda de don José desde el primer momento,, El doctor Gálvez viendo las carencias del local, le propuso ya en 1907 que se trasladara a una finca propiedad de su mujer en el Pasillo de Nateras, hoy Avda. de Fátima, en donde se instalaron las Escuelas y donde permanecerán hasta su traslado en 1947, a las instalaciones que ahora ocupan en el barrio de Huelín.

El deseo de don José Gálvez de adherirse al modelo de las Escuelas del Ave María no fue casual, pues sus objetivos y en buena medida sus métodos coinciden con su visión social conforme a la doctrina social de la Iglesia.

Tras cien años de discusiones puramente teóricas entre la Iglesia y los movimientos liberales del país, sobre la competencia y las necesidades educativas del mismo; las Escuelas del Ave María surgen constituyendo una auténtica revolución pedagógica de inspiración católica, tanto por sus métodos como por constituir una enseñanza impartida, destinada y dirigida a las clases humildes de la sociedad, en la práctica abandonadas por todos.

Buena parte de su éxito se funda en un pragmatismo, que coincidía con la forma de actuar de don José. Se acomete cada Escuela, y en particular la de Málaga, con los medios de los que se disponen, por escasos que sean, adaptándose siempre a las circunstancias. En esta flexibilidad y capacidad de adaptación se basan muchos de sus inéditos métodos como la enseñanza al aire libre, de la que es pionera. Igualmente antes que plantearse cualquier discusión metodológica, el primer paso de las Escuelas es vestir, alimentar y dar de comer a los niños, consiguiéndose de esta forma interesar a las propias clases desfavorecidas en la escolarización de sus hijos, lo que evita igualmente que los niños estén en la calle.

Dado que mucho de lo logrado se perdía al abandonar prontamente los niños la educación obligatoria, se promueven talleres que les permitieran aprender un oficio, manteniéndose en las Escuelas hasta una edad superior en la que su personalidad estuviese más formada. Todo ello en un ambiente alegre y profundamente católico, siendo la enseñanza de la religión el centro de su pedagogía.

Cuando se le pedía al Padre Manjón que escribiera un reglamento que explicara que eran las Escuelas del Ave María decía: “¿ Sabes lo que es enseñar en el campo, enseñar jugando, enseñar haciendo, enseñar en humano, libre, español y cristiano, enseñar gratis a todo el mundo y enseñar paternal y socialmente, cooperando con los demás educadores. ? Pues si lo sabéis, juntadlo en uno y ya tenéis escuelas del Ave María llevadas hastael ideal”.

Este modelo de Escuela aspiraba igualmente a formar cívicamente, educando hombres completos, que resistiesen las manipulaciones y ataques que provenían de los movimientos liberales y marxistas, especialmente interesados en movilizar a las clases populares en apoyo de sus ideas. En palabras del Padre Manjón:

“Como sin enseñanza no hay hombres completos ni aptos para la vida en un mundo de seres inteligentes y adelantados se impone el deber y la conveniencia de enseñar y enseñar gratis al pobre. Porque en el mundo de los seres morales, las ideas y las inteligencias cultivadas son las que llevan en pos de si a los incultos, donde mas abunden las inteligencias extraviadas, más obligación habrá de preparar a los hombres de porvenir para que no sean éstos las mas indicadas víctimas del error y la maldad por su ignorancia”.

La sincera preocupación por la promoción social y la necesidad de educar ciudadanos católicos era plenamente compartida por don José Gálvez como lo demuestra su participación en la creación del primer Sindicato Católico de Málaga.

Trasladadas las Escuelas a la finca de don José Gálvez en el Pasillo de Nateras, actual Avda de Fátima, seguirá la profunda colaboración entre estos dos grandes malagueños, hasta que en el verano de 1936, don Diego fue arrancado de la pensión donde vivía, pues casa no tenía, quien dio refugio a tantos, para llevarlo al martirio. No andaban muy descaminados don Diego y don José en su deseo de evitar con la educación de los niños que fuesen estos presas del odio que se estaba inoculando a la juventud de España en esos años, cuando don Diego fue detenido y asesinado por uno de sus antiguos alumnos a la sazón Secretario del tristemente famoso Comité de Salud Pública.

Sin embargo, las Escuelas fundadas por don José dieron frutos hermosos. Entre muchos destaca el caso de don Jesús Corchón, que tras ser acogido en las Escuelas y acceder al sacerdocio, junto a otros compañeros, colaboró con don José y don Diego, convirtiéndose en la mano derecha de don José Galvez, tras la guerra como Director de las mismas, mientras que don José presidió el Patronato de su fundación hasta su muerte; reconstruyendo las Escuelas y los restantes proyectos que han llevado a las Escuelas del Ave María de Málaga a educar a mas de cien mil alumnos; constituyendo un auténtico referente para la ciudad, hasta el punto de concederle su Medalla de oro en el centenario de su fundación, con el voto unánime y el encomio de todos los grupos políticos de la corporación. Hecho poco habitual en los tiempo que corren y menos cuando se trata de una institución que es y se siente Iglesia, gracias al celo de don José.

Mucho hizo don José tras la guerra, pero eso es otra historia. Hoy las Escuelas del Ave María contemplan los procesos de beatificación de sus dos fundadores don José Gálvez y don Diego López Linares, como estimulo para la continuación de su misión adaptada a los nuevos tiempos y con una gran ilusión, y profundo agradecimiento a la gracia del Señor que los unió y puso en el camino de tantos malagueños.

¿Virtudes? ¿Qué virtudes?

D. José Gálvez no murió mártir, a pesar de que en más de una ocasión su vida corrió peligro, y a pesar de la falsa noticia –publicada en el ABC de Madrid de 17 de Abril de 1937- de que había sido asesinado por las tropas italianas a su entrada en Málaga. Por eso el proceso que tiene abierto la Diócesis de Málaga es el llamado Proceso sobre Virtudes, en el que se están recogiendo elementos probatorios que permitirán –en su caso-  a la Congregación para la Causa de los Santos  declarar que consta que D. José Gálvez practicó heroicamente “todas las virtudes cristianas” (v. art. 4 de la Instr. Sanctorum Mater y concordantes).

Pero, ¿a qué nos estamos refiriendo exactamente cuando hablamos de “virtudes”? Puede dar la impresión, en nuestra sociedad actual, incluso entre los cristianos, que virtud es una palabra  añeja, desfasada o incluso obsoleta. Dª Mª Encarnación González Rodríguez, Directora de la Oficina para la Congregación de las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal, en un interesante trabajo publicado en 2008[1] advierte de un relativo “olvido” de este concepto. Cita al P. Valery, que ya en 1957 observaba: “La palabra virtud ha muerto, o al menos está muriendo. No se pronuncia casi nunca[2] Lalande, a su vez, en su Dizionario critico di Filosofia[3] se lamentaba: “las palabras virtud y virtuoso tienden, según parece, a desparecer del lenguaje oral contemporáneo”.

De ser así, carecería de sentido el esfuerzo que supone el proceso de beatificación. Porque si la virtud se convierte con el tiempo en un concepto huero, ajeno a nuestras vidas, ¿qué nos importará  que la Iglesia declare o no que D. José Gálvez ejerció la virtud heroicamente? El resultado del proceso, aun afirmativo, no supondría para nosotros más que una mera declaración académica, sin auténtica significación real o profunda en nuestras vidas, puesto que se referirá a un concepto que ya para nosotros será completamente extraño.

¿Cuál ha sido la razón de este abandono? Probablemente se debe a la “eclesialidad”  -por decirlo de algún modo- que se le atribuye al concepto virtud. Sin embargo, el término está, como poco, formulado en el mundo clásico. Platón hablaba de la sabiduría o prudencia (propias de la parte racional del alma), la valentía (correspondiente a su parte irascible) y la moderación (para la parte concupiscible). Igualmente Aristóteles habla de la sabiduría, la inteligencia, la prudencia y la moderación. En tal sentido, justamente educar era como moldear a la persona en hábitos estables de carácter positivo[4] Sin embargo, sería en efecto Santo Tomás quien desarrollaría de modo más acabado y perfecto la teoría de las virtudes. Así se establecería la formulación clásica –recogida por nuestro Catecismo- que distingue las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las humanas, siendo de éstas las fundamentales las denominadas cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) por agruparse todas las demás en torno a ellas. [5]

-La prudencia. Es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos  hacer y el mal que debemos evitar.

-La justicia. Consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común.

-La fortaleza. Es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. Hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa.

-La templanza. Modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”.

Las anteriores virtudes –humanas-, se arraigan en las virtudes teologales, que referidas directamente a Dios, adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina.

-La fe. Es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Pero, “la fe sin obras está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo. El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla. El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo […] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

-La esperanza. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. Se corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21).

-La caridad. Es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. El Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres como a Él mismo (cf Mt 25, 40.45). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Ésta es “el vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino. La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Éste no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos amó primero” (1 Jn 4,19). La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos” (San Agustín, In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4)

Así, todas estas virtudes integran la “disposición habitual y firme a hacer el bien[6], permitiendo a la persona, no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. El propio Catecismo cita a San Gregorio de Nisa[7]: “el objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios”. Esta excelencia en el vivir cristiano –en feliz expresión de la citada Dª Mª Encarnación González Rodríguez- nos permitirá en cada momento “saber qué hacer, cómo hacerlo, querer hacerlo y perseverar en hacerlo sin paralizarse ante las inevitables dificultades[8] Para eso “sirven” las virtudes, constituyendo su ejercicio un “programa de conducta”, un modo práctico de tender hacia el bien, buscarlo y elegirlo mediante acciones concretas.[9]

Es por ello por lo que, retomando el planteamiento inicial, nos será de gran utilidad a los fieles cristianos saber si, y cómo, ejerció las virtudes teologales y cardinales el Siervo de Dios D. José Gálvez Ginachero. A ello está dedicada la causa de beatificación abierta en la Diócesis de Málaga, la ciudad donde nació, vivió y murió el insigne médico, la ciudad donde desarrolló la mayoría de su dilatada obra, y, sobre todo, la ciudad que recibió más directamente el influjo benefactor de su ejercicio de las virtudes.

 



[1] Tabor. Revista de Vida Consagrada. Año II, nº 6 (Diciembre de 2008) pp. 347-362.

[2] Oeuvres I, Paris 1957, 940.

[3] Ed. Internazionale, 1971.

[4] V. la entrevista al filósofo José Antonio Marina en ABC de 20 de Mayo de 2011

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1803 – 1845.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1803

[7] Beat. 1

[8] O.c.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1803

Discurso de Dª Mª José García-Morato Gálvez

Discurso Presidenta Acto Académico

[dropcap]D[/dropcap]Distinguidas autoridades, Rvdo. Pedro Sánchez Trujillo, delegado para la Causa de los Santos, familiares del Doctor Gálvez Ginachero, amigos, señoras y señores:

En primer lugar, y en nombre propio, de D. Francisco García Villalobos, postulador de la causa de beatificación y de toda la familia, quiero daros las gracias por vuestra asistencia a esta misa en recuerdo de los sesenta años del fallecimiento del Doctor Gálvez Ginachero.

Asimismo, y como Presidenta de la misma, quiero presentaros la Asociación Pro Beatificación de Don José Gálvez Ginachero que ha sido creada recientemente.

Esta asociación, ha sido constituida en la Diócesis de Málaga, como asociación Privada de Fieles, sin ánimo de lucro, y al amparo de lo dispuesto en el Código de Derecho Canónico. Sus Estatutos han sido debidamente aprobados por el Obispo diocesano de Málaga, Monseñor Jesús Catalá Ibáñez, y está inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia.

El objeto principal de la asociación, siempre conforme a las normas y al Magisterio de la Iglesia, es promover el reconocimiento oficial por parte de la Iglesia de la fama de santidad y heroicidad de las virtudes de D. José Gálvez Ginachero, mediante diversos fines como son:

• La comunicación y colaboración con la Postulación de la Causa, ante la Congregación para las Causas de los Santos de Roma respondiendo a sus peticiones y necesidades.

• La relación con la Delegación episcopal para las Causas de los Santos del Obispado de Málaga, que ayudará a la asociación a conseguir los fines que pretende, especialmente con la difusión de la fama de santidad del Siervo de Dios en la Diócesis de Málaga.

• La difusión por todos los medios posibles de las virtudes heroicas y humanas del Doctor Gálvez Ginachero para fomentar, entre los fieles cristianos en general y entre los asociados en particular, un mejor conocimiento de su vida, de su obra y una actitud de mayor compromiso cristiano entre sus asociados.

• La organización de actos culturales y religiosos para realzar la figura y los valores evangélicos que testimonió D. José Gálvez Ginachero.

• La edición de fotografías o reproducciones para difundir su imagen de incluso con oraciones pedir en privado su beatificación.

• La celebración mensual de la Santa Misa pidiendo al Señor su pronta beatificación, por intercesión de la Santísima Virgen, y muy especialmente en el aniversario de su fallecimiento, que a partir de ahora celebraremos todos los años.

• El cuidado de su sepultura, evitando que sobre la misma se coloquen exvotos o símbolos que puedan inducir a error a los fieles.

• La recaudación y gestión de los fondos y recursos necesarios.

• Y en definitiva, cualquier otro fin que resulte congruente con el objeto de la Asociación.

Por supuesto la asociación esta abierta a todos aquellos que compartan su objetivo principal y quieran colaborar con sus fines. Por eso, estáis todos invitados a haceros miembros de la asociación y os estaremos muy agradecidos si nos ayudáis a darla a conocer. Ya que procesos son largos y complicados, y cuantas más personas ayudemos y empujemos mejor.

Algunos quizá podáis colaborar económicamente, otros cediendo parte de vuestro tiempo para ayudarnos a difundir las virtudes de D. José Gálvez y otros acompañándonos en los actos que se organicen o con vuestras oraciones.

No quiero cansaros. Aquellos que estéis interesados podréis encontrar mas información, así como los estatutos completos de la asociación en la página web www.galvezginachero.es, y por supuesto los miembros de la familia estamos a vuestra disposición para ampliaros la información.

Muchas gracias por vuestra atención.

[person name=»María José García-Morato Gálvez» picture=»» title=»Presidenta de la Asociación José Gálvez Ginachero» facebook=»http://facebook.com» twitter=»http://twitter.com» linkedin=»http://linkedin.com» dribbble=»http://dribbble.com»][/person]

Discurso de D. Francisco García Villalobos

Discurso Postulador Acto Académico.

[dropcap]Q[/dropcap]Quiero comenzar dando las gracias a D. Francisco García Mota. D. Francisco, es para mi tan entrañable y suscita en mi tanta admiración y respeto que, como bien sabe la familia Gálvez, he dudado en aceptar esta apasionante tarea con la que me ha honrado el Sr. Obispo, no por su dificultad o magnitud, sino justamente por poderse considerar casi una osadía tomar el testigo de unas manos tan firmes, templadas y capaces como las suyas. Sólo me permite dar el paso, además de la benevolencia de D. Francisco, la seguridad –confirmada expresamente por él– de que va a seguir a nuestro lado apoyando con su saber y su experiencia la Causa del Dr. Gálvez. Porque el buen fin de la Causa, esto es, el reconocimiento por la Iglesia del ejercicio en grado heroico por D. José Gálvez de las virtudes cristianas, está por encima de nosotros, quienes somos sólo herramientas más o menos hábiles para ayudar a dicha declaración.

Quiero agradecer asimismo al Sr. Obispo D. Jesús Catalá su confianza. Me la testimonió hace tres años cuando me encomendó la Secretaría General del Obispado, honrosísimo oficio que hasta mi nombramiento ningún laico había tenido el honor de desempeñar en nuestra Diócesis. Y la renueva ahora confiándome la postulación de una causa tan señera como es la del Dr. Gálvez Ginachero. Doy fe que D. Jesús, desde su toma de posesión, ha impulsado las iniciativas de nuestro Obispo Emérito, D. Antonio Dorado, en orden a que las causas de beatificación en Málaga –tanto las de martirio, como las de virtudes- lleguen a buen fin en su fase diocesana y sean remitidas a la Congregación romana con las mejores garantías de éxito.

Pero, ¿por qué pretendemos que Gálvez sea beatificado? ¿Qué podemos conseguir con ello? ¿Para qué nos sirven hoy día los santos?

Es evidente que el principal desafío para el cristianismo en el siglo XXI es el proceso de secularización y relativismo en el que nos hallamos inmersos, especialmente en la sociedad occidental. Como advertía Benedicto XVI «a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalista, mientras que el relativismo parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va así constituyendo una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos».

Un sociólogo polaco, Bauman, ha acuñado la metáfora de la «liquidez» para describir al sujeto actual. Hemos pasado de estructuras y criterios sólidos y estables a una modernidad «líquida» y voluble en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marcos de referencia para los actos humanos. La precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista, marcadas por las relaciones transitorias, implican la fragmentación de nuestras vidas. En nuestra época, marcada por las redes sociales, se sacrifica la seguridad por la velocidad. Nada perdura. Todo es inmediato, podría decirse que sólo tiene validez lo instantáneo. Y en esa precariedad tan peligrosa, no se mantienen las responsabilidades ni las lealtades. Son tiempos líquidos, sin consistencia, sin estructura, sin compromiso.

Pero frente a la exaltación del individuo, frente a la concepción miope de que la imagen prevalece sobre la realidad, frente a la absoluta ausencia de valores firmes, la Iglesia, además de Dios, el único Santo, nos ofrece modelos de santidad en las personas que durante su vida, bien sufrieron el martirio por causa de la fe, bien ejercieron en grado heroico las virtudes cristianas. Cuidado, no nos despistemos con la fórmula clásica de la virtud heroica. Ello no significa que las vidas de los santos sean admirables perono imitables. Esa vieja excusa no vale. El propio Benedicto XVI nos lo explica: «Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo.
Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

En ese sentido, decía Romano Guardini, que para ser santo sólo hay que hacer, en cada momento, lo que la situación requiera realmente. No lo que querrían mis motivos egoístas o mis predilecciones personales. No lo que dicte mi comodidad, mi ventaja o mi gusto, sino estar atentos a actuar sencillamente «como si la situación misma hablara, diciendo: esto es necesario, que ayudes a éste, que hagas este trabajo, que ejercites la paciencia en este sufrimiento… Hacerlo, limpia y correctamente, sinenderezarlo según deseos personales, o debilitarlo, falsearlo; esto es lo que lleva a la santidad».

Por eso nos planteamos la causa de Gálvez. Porque parece advertirse a lo largo de su vida –lo digo con toda la cautela, ya que el proceso de beatificación está abierto, y hasta que la Iglesia no lo declare no podemos considerar que consta- pero parece digo (y por esa fama – fumus boni iuris- de santidad se abrió en su día el proceso) que justamente la vida de Gálvez puede ser para nosotros un modelo de virtudes heroicas. Con su trabajo infatigable, con su –literalmente– desvelo por sus pacientes, con su caridad contínua, si prospera la causa, tendremos hoy un modelo a imitar. Y digo hoy, en estos tiempos «líquidos», porque tengo la convicción de que Gálvez no es un personaje del pasado. Para el hombre y la mujer de hoy, su actitud de dedicación a los demás nos reta. Hoy sólo impera el yo, el egoísmo, el relativismo, hasta extremos tan horrendos como la pretendida proclamación de la contracepción como un derecho subjetivo. Frente a ésta, no ya ausencia de valores, sino imposición de antivalores con las que nos bombardean a los cristianos, sólo podemos confiar en lafuerza que proviene de Dios y que únicamente obtendremos –y con ello una profunda paz y felicidad– a través de la oración y el ejercicio constante de las virtudes.

Así considero que hizo el Dr. Gálvez. En la bella expresión de San Agustín, «conocer es amar», cuanto más investigo la vida de D. José más convencido estoy de que ejerció las virtudes en el grado heroico que hemos hablado. Toda su vida, a la que nos vamos a aproximar viendo el documental que se proyectará a continuación, fue un proceso de búsqueda de la perfección evangélica.

No hay que pensar, ni se pretende, que fuera perfecto. En toda la historia, sólo Jesucristo vivió y murió libre del pecado. Monseñor Corradini, Prelado Teólogo de la Congregación para las Causas de los Santos, ha dicho que la antigua hagiografía, vigente hasta hace poco tiempo, proponía al santo como si lo hubiera sido desde recién nacido y llegaba a una altura mística poco menos que Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz. Pero no es así. Somos personas humanas. Hay que presentar al santo tal como fue, porque a veces, presentando al santo tan perfecto lo que conseguimos es alejarlo de nosotros, de la gente, y nada más que nos sirven ya para colocarlos en una vitrina o besar los pies de sus estatuas. No, cada santo ha hecho su camino de Damasco, su recorrido a la santidad, su camino a la conversión. Y tal como hicieron ellos, podemos hacerlo nosotros, todos los que estamos aquí. Ya nos lo dice la Lumen Gentium: «todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la plenitud de la caridad».

Ojalá, que conocer la vida de D. José nos anime y nos impulse a todos y cada uno de los que estamos aquí, de cualquier estado o condición, sacerdotes, religiosos o laicos, hombres o mujeres, a ser cada día más santos. A ser columnas sólidas en estos tiempos líquidos, a dar testimonio de Dios ante el mundo, como pacíficos pero valientes soldados de Cristo.

[person name=»Francisco García Villalobos» picture=»» title=»Postulador de la Causa Jose Gálvez Ginachero» facebook=»http://facebook.com» twitter=»http://twitter.com» linkedin=»http://es.linkedin.com/pub/francisco-garc%C3%ADa-villalobos/23/b52/776″ dribbble=»http://dribbble.com»][/person]