Dr. José Gálvez Ginachero: Una vida entre la medicina y la santidad.

El Dr. Ángel Rodríguez Cabezas, vocal de la Asociación Pro-Beatificación, citó en su artículo Dr. José Gálvez Ginachero: Una vida entre la medicina y la santidad el encuentro del Dr. Julio Cruz y Hermida con el Dr. Gálvez Ginachero. Por su interés, reproducimos la editorial que sobre este mismo particular firmó el Dr. Cruz y Hermida en el Boletín informativo de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (nº 15 – 2º semestre de 2002).

Pienso que un Editorial, no solo debe recoger contenido de actualidad; puede y debe retrotraerse al pasado para honrar con el recuerdo, memorias de instituciones, personas y todo tipo de avatares.

Hoy cumplimos esta norma para recordar y honrar la memoria de un insigne ginecólogo y una persona de elevadas cualidades morales y humanas, que le convirtieron en una noble y equilibrada mezcolanza de hombre de ciencia y hombre bueno, superando ambos términos la merecida adjetivación superlativa. Nos referimos al Doctor D. José Gálvez Ginachero, tristemente desconocido por las nuevas generaciones de ginecólogos, y de cuya muerte a los 86 años de edad se acaban de cumplir los 50 años.

 

Este hombre, pequeño de figura y grande de méritos, con barba valleinclanesca, gafas de présbita y corbata de pajarita permanente, supo, a lo largo de su dilatada vida, hacer y explicar ciencia, y hacer y explicar caridad con el prójimo necesitado hasta cotas de elevada altura.

 

Fue un malagueño que, afincado en la capital, prestigió a Madrid y radicado en su ciudad de nascencia hizo lo propio. Trataré de explicar esta ambivalencia geográfica.

 

En Madrid, cursa el Doctorado y elabora su Tesis, aprovechando ese tiempo para asistir al prestigioso Hospital de La Princesa e Instituto Rubio. Finalizado el Doctorado con la máxima calificación, amplía su formación en París, en la Clínica Baudelocque (fundada por el no menos célebre Prof. Pinard). Allí conoció y trató a otras figuras famosas de la obstetricia francesa: Varnier y Farabeuf. De todos ellos, atesoró ciencia y experiencia. En su caminar europeo, trabajó en Berlín con Olshausen y Veit.

 

Sus conocimientos aprehendidos en el extranjero adornan positivamente su formación profesional y enriquecen su prestigio, hasta el punto de propiciar éste el honor y privilegio de cofundar con la Reina María Cristina de Hasburgo, madre de Alfonso XIII, la histórica “Casa de Salud de Santa Cristina y Escuela de Matronas”, que ha ocupado, hasta nuestros días, un respetado espacio científico-asistencial en la toco-ginecología española.

 

Con su amplio bagaje humanístico, enfatizó el papel social de la matrona (antes comadronas o parteras), enalteciendo y dignificando su profesión, cuyos mejores orígenes radican en esa “casa”. Pero su mayor dedicación profesional y social se ubica en su amada tierra malagueña, donde se convirtió en un carismático y noble personaje que prestó su ciencia y sus manos, trayendo al mundo a miles de niños, a la par que operaba a muchas de sus madres.

 

En 1893 ingresó como médico-cirujano en la Beneficencia Provincial de Málaga, y más tarde dirigió, con pulso firme y bondadoso, el Hospital Provincial de su ciudad y su Maternidad. En la misma, creó un gran Archivo de Historias Clínicas, auténtico tesoro referencial que condensa la experiencia de 50 años de trabajo asistencial y de investigación.

 

Uno de sus principales discípulos y colaboradores, el que fue mi querido amigo, Dr. Oliva-Marra, escribe en 1944, en la Revista Española de Obstetricia y Ginecología, un artículo sobre “La Maternidad de Málaga, del Dr. Gálvez Ginachero” (que en forma de separata me lo ha proporcionado

gentilmente otro gran amigo y erudito historiador ginecológico: Gabriel González Navarro) en el que se pormenorizan las diferentes Salas de la misma, con dedicación individualizada a la Obstetricia (95 camas) y a la Ginecología (séptica y aséptica) con más de 60 camas, junto a Servicios de Laboratorio, Radiodiagnóstico, Radiumpterapia y Transfusión de sangre, entre otros. Es decir, una formidable y completísima  infraestructura con la tecnología de aparataje más avanzada en aquellos principios del siglo pasado.

 

Escarbando en los múltiples tomos que condensan cientos de miles de Historias Clínicas, se aprecia una heterogeneidad quirúrgica digna de consideración: laparotomías y colpoperineoplastias, corrección de fístulas vésico-rectovaginales (tan frecuentes en la época como secuela del traumatismo de la dureza de los partos), cánceres uterinos y tumores de ovario, prolapsos genitales, atresias vaginales congénitas y adquiridas, etc. En el área obstétrica se reflejan los partos eutócicos y los distócicos (fórceps, cesáreas abdominales, versiones internas, extracciones de nalgas, basiotripsias y embriotomías, sinfisiotomías, placentas previas, y otros muchos avatares tocúrgicos). Todo este abundante material clínico, mucho de él protagonizado y resuelto por el propio Dr. Gálvez, dio base a múltiples publicaciones en revistas nacionales y extranjeras.

 

Pienso que, de contarse en la actualidad con el mismo, podría ser la base de realización de importantes Tesis Doctorales, con amplia proyección de Historia de la Medicina y de nuestra especialidad. Toda esta gran ocupación de trabajo no le impidió a D. José Gálvez simultanearlo con la Alcaldía de Málaga (1923-1926) y posterior Alcaldía Honorífica. Desde su puesto de Edil máximo, consagró a su ciudad su persona, tiempo y fortuna en actos de solidaridad y caridad con los pobres, los niños y los ancianos. Hasta tuvo tiempo para ser Presidente del Colegio de Médicos de su ciudad, donde hizo una reconocida labor de gestión.

 

Pero su generosidad y bondad, dentro de una ejemplar profesión de cristiana religiosidad, le lleva a fundar las “Escuelas del Ave María” (18 años después que el Padre Manjón las fundara en Granada) para acogida de niños desvalidos. Dona de su pecunio y el de su esposa los terrenos y construye el edificio, en el Pasillo de Netera (actual Avda. de Fátima), que llena de gitanillos y niños desamparados. Pero no se contenta con ello: preside la Conferencia de San Vicente de Paul, en donde se entrega a una ingente labor en pro de los necesitados, y es Patrón protector del “Asilo de los Ángeles”, para acogida de ancianos sin medios de subsistencia.

 

Dentro de su modestia y silencio (“que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha”), fiel al precepto evangélico, se erige en  limosnero oculto” de los Conventos de Clausura más necesitados. Su fortuna la “dilapidó” en aras de la caridad con un prójimo necesitado.

 

En mi recuerdo al personaje, una fecha: diciembre de 1945. Siendo yo estudiante de primer curso de la Licenciatura, con ocasión de un viaje a Málaga acompañando a mi padre, entroncado en su trabajo con la ciudad, y de la mano de un prestigioso cardiólogo del Hospital Provincial, el Dr. Antonio Moncada Jareño, quien me invitó a su Servicio “para que fuera relacionándome con la Medicina”, nos tropezamos, en uno de los pasillos del viejo hospital, con un venerable anciano, de figura menuda y paso torpe, rodeado de una corte de acompañantes con bata blanca, que le rendían pleitesía de gratitud por su visita.

 

El Dr. Moncada lo saludó con reverente respeto y me dijo: “Tú, que un día serás médico, quizá puedas presumir que viste en este hospital a un médico eminente, el Dr. Gálvez Ginachero, y posiblemente a un santo, al que rezaremos algún día los médicos españoles”.

 

Su profecía se cumplió y el recuerdo me impulsa a plasmarlo en estas líneas. D. José Gálvez fue un eminente ginecólogo, compartiendo su profesión con el amor y la ayuda a todo el que la necesitaba, emanando su vida rasgos de presunta santidad en su quehacer diario. Cincuenta años después de su muerte, el Obispado de Málaga está estudiando iniciar la causa de su beatificación por sus méritos y virtudes.

 

No se equivocó, pues, el Dr. Moncada: la Historia de la Ginecología lo consagró como una gran figura, ocupando una de sus mejores páginas, y la Iglesia abre su camino a otra consagración: la de la santidad reconocida.

Creo que los ginecólogos españoles debemos sentirnos honrados de que “uno de los nuestros” pueda recordarse como eminencia médica en los paritorios y quirófanos, y reconocimiento de santidad en los Altares. Hermosa dualidad para recrearse en ese controvertido tándem de la fe y de la ciencia.

 

Julio Cruz y Hermida 

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