El doctor Gálvez Ginachero, un modelo vigente

(Publicado en el Diario Sur de 16-sept-2020)

«El Dr. Gálvez Ginachero, fusilado por las tropas fascistas italianas». La noticia era realmente impactante. Pero era una ‘fake new’: también en 1937 las había y se propagaban como un virus.

El 17 de abril de ese año, el ‘ABC’ de Madrid publicó: «El doctor Gálvez, asesinado por cumplir con su deber […] el doctor Gálvez fue inculpado del horrendo delito de prestar sus auxilios a los rojos en el hospital y en su clínica, […] se le condenó a muerte, y la sentencia ha sido cumplida».

El núcleo de verdad que albergaba la falsa noticia procedía de que al tomar Málaga las tropas «nacionales», al parecer le fue abierta a Gálvez una investigación reservada por si había sido un «colaboracionista» con los republicanos; ya que, dada su notoria fama de católico y su condición de exalcalde de la dictadura de Primo de Rivera, lo «lógico» para los vencedores era que no hubiese sobrevivido a la contienda.

La noticia de la supuesta ejecución era pura propaganda de guerra. Pero su verosimilitud provenía precisamente de la atención que, como médico y como cristiano, Gálvez dispensó a ambos bandos en conflicto. En 1936 ocultó en su clínica particular a conservadores y a sacerdotes, librándoles de la violencia anarquista. A su vez, la FAI le detuvo y le interrogó en el colegio de los Salesianos (que había sido convertido en cuartel), pero tras afrontar valientemente a sus captores fue liberado. Y por otro lado, en 1937 disfrazó de parturientas en el Hospital Civil a varios dirigentes de Izquierda Republicana, colaborando con Porfirio Smerdou para que pudieran huir a Francia. Entre otros, lo relata Diego Carcedo en El Schlinder español.

Auxilió en el Hospital Civil a los vencidos que regresaban heridos de la Desbandá, mientras su propia hija era retenida como rehén de guerra en Valencia. Y posteriormente intervendría como testigo de descargo de los presos republicanos en varios juicios sumarísimos, consiguiendo la libertad o al menos la reducción de pena de muchos procesados. A algunos consiguió librar de una segura sentencia de muerte. Y para escolarizar y alimentar a los huérfanos de guerra y librarlos de ser carne de cañón de las mafias urbanas en la calle, empeñó una gran parte de su patrimonio en la construcción de las Escuelas del Ave María de Huelin, y en el mantenimiento de las Escuelas salesianas. Todas esas instituciones pueden dar fe del inmenso bien que hicieron después de la guerra gracias a la ayuda constante del Dr. Gálvez.

Como alcalde, una de sus primeras disposiciones había sido incorporar en su equipo de gobierno a la primera mujer concejal de la historia del cabildo malagueño (Teresa Aspiazu, no habiendo después de su mandato otra edil hasta nuestra democracia). Inmediatamente, Gálvez se centró en dotar a Málaga de una red moderna de canalización de agua potable, saneamiento y alcantarillado, para prevenir las epidemias que azotaban los barrios más pobres; y en la construcción de las «casas baratas» de Ciudad Jardín, a fin de que los obreros también pudieran acceder a la propiedad.

Ya al final de sus días, quizás al verse él mismo vencido por la edad, se volcó especialmente en ayudar a los ancianos del Asilo de los Ángeles. Aún le recuerdan con veneración en esa querida institución.

Estas circunstancias han motivado que la Iglesia católica tenga abierto su proceso de beatificación, que ya se encuentra en su fase romana. A Gálvez Ginachero es a quien menos le afecta que le reconozcan beato o santo. Como decía San Pablo, «he luchado el noble combate, he acabado mi carrera, he conservado la fe» (2 Tim. 7). Es Dios, el juez más justo y misericordioso, quien tras su muerte en 1952 juzgaría sus acciones, le «examinaría del amor» (San Juan de la Cruz).

Pero el reconocimiento de su santidad supondría ofrecerlo «oficialmente» como modelo de valores a los cristianos de hoy. Porque las virtudes que él procuró ejercer en su vida cotidiana, la fe, la esperanza y el amor, son vigentes en cualquier época de la historia. Hoy necesitamos, más que nunca, hombres y mujeres como Gálvez Ginachero; que en los ámbitos de la política, la sanidad o la enseñanza, así como en la vida privada y cotidiana, con la familia, amigos y compañeros (el prójimo, el próximo) trabajen heroicamente por el fin de la pandemia de egoísmo y deshumanización que amenaza ahogar nuestra sociedad. Que luchen por la «revolución de la ternura», como nos pide el papa Francisco. Esa sí sería una buena noticia.

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