El doctor Gálvez Ginachero, un modelo vigente

(Publicado en el Diario Sur de 16-sept-2020)

«El Dr. Gálvez Ginachero, fusilado por las tropas fascistas italianas». La noticia era realmente impactante. Pero era una ‘fake new’: también en 1937 las había y se propagaban como un virus.

El 17 de abril de ese año, el ‘ABC’ de Madrid publicó: «El doctor Gálvez, asesinado por cumplir con su deber […] el doctor Gálvez fue inculpado del horrendo delito de prestar sus auxilios a los rojos en el hospital y en su clínica, […] se le condenó a muerte, y la sentencia ha sido cumplida».

El núcleo de verdad que albergaba la falsa noticia procedía de que al tomar Málaga las tropas «nacionales», al parecer le fue abierta a Gálvez una investigación reservada por si había sido un «colaboracionista» con los republicanos; ya que, dada su notoria fama de católico y su condición de exalcalde de la dictadura de Primo de Rivera, lo «lógico» para los vencedores era que no hubiese sobrevivido a la contienda.

La noticia de la supuesta ejecución era pura propaganda de guerra. Pero su verosimilitud provenía precisamente de la atención que, como médico y como cristiano, Gálvez dispensó a ambos bandos en conflicto. En 1936 ocultó en su clínica particular a conservadores y a sacerdotes, librándoles de la violencia anarquista. A su vez, la FAI le detuvo y le interrogó en el colegio de los Salesianos (que había sido convertido en cuartel), pero tras afrontar valientemente a sus captores fue liberado. Y por otro lado, en 1937 disfrazó de parturientas en el Hospital Civil a varios dirigentes de Izquierda Republicana, colaborando con Porfirio Smerdou para que pudieran huir a Francia. Entre otros, lo relata Diego Carcedo en El Schlinder español.

Auxilió en el Hospital Civil a los vencidos que regresaban heridos de la Desbandá, mientras su propia hija era retenida como rehén de guerra en Valencia. Y posteriormente intervendría como testigo de descargo de los presos republicanos en varios juicios sumarísimos, consiguiendo la libertad o al menos la reducción de pena de muchos procesados. A algunos consiguió librar de una segura sentencia de muerte. Y para escolarizar y alimentar a los huérfanos de guerra y librarlos de ser carne de cañón de las mafias urbanas en la calle, empeñó una gran parte de su patrimonio en la construcción de las Escuelas del Ave María de Huelin, y en el mantenimiento de las Escuelas salesianas. Todas esas instituciones pueden dar fe del inmenso bien que hicieron después de la guerra gracias a la ayuda constante del Dr. Gálvez.

Como alcalde, una de sus primeras disposiciones había sido incorporar en su equipo de gobierno a la primera mujer concejal de la historia del cabildo malagueño (Teresa Aspiazu, no habiendo después de su mandato otra edil hasta nuestra democracia). Inmediatamente, Gálvez se centró en dotar a Málaga de una red moderna de canalización de agua potable, saneamiento y alcantarillado, para prevenir las epidemias que azotaban los barrios más pobres; y en la construcción de las «casas baratas» de Ciudad Jardín, a fin de que los obreros también pudieran acceder a la propiedad.

Ya al final de sus días, quizás al verse él mismo vencido por la edad, se volcó especialmente en ayudar a los ancianos del Asilo de los Ángeles. Aún le recuerdan con veneración en esa querida institución.

Estas circunstancias han motivado que la Iglesia católica tenga abierto su proceso de beatificación, que ya se encuentra en su fase romana. A Gálvez Ginachero es a quien menos le afecta que le reconozcan beato o santo. Como decía San Pablo, «he luchado el noble combate, he acabado mi carrera, he conservado la fe» (2 Tim. 7). Es Dios, el juez más justo y misericordioso, quien tras su muerte en 1952 juzgaría sus acciones, le «examinaría del amor» (San Juan de la Cruz).

Pero el reconocimiento de su santidad supondría ofrecerlo «oficialmente» como modelo de valores a los cristianos de hoy. Porque las virtudes que él procuró ejercer en su vida cotidiana, la fe, la esperanza y el amor, son vigentes en cualquier época de la historia. Hoy necesitamos, más que nunca, hombres y mujeres como Gálvez Ginachero; que en los ámbitos de la política, la sanidad o la enseñanza, así como en la vida privada y cotidiana, con la familia, amigos y compañeros (el prójimo, el próximo) trabajen heroicamente por el fin de la pandemia de egoísmo y deshumanización que amenaza ahogar nuestra sociedad. Que luchen por la «revolución de la ternura», como nos pide el papa Francisco. Esa sí sería una buena noticia.

LA CELEBRACIÓN DE SANTA LUISA EN TIEMPO DE PANDEMIA

(Por su interés reproducimos el presente artículo del
P. Corpus Juan Delgado Rubio C.M.)

La celebración de la fiesta de Santa Luisa nos encuentra este año recogidos cada uno en nuestras casas, asumiendo con responsabilidad las orientaciones de protección y cuidados ante la crisis provocada por la pandemia del coronavirus.

1.- Un sufrimiento que nos estremece

Los datos que vamos conociendo sobre los efectos provocados por la pandemia nos sobrecogen: se cuentan por miles las personas que han muerto a consecuencia de este virus desconocido; el dolor por la muerte de las personas queridas se incrementa con la imposibilidad de despedirlas y encontrarse con familiares y amigos; la celebración de los funerales ha quedado aplazada y los procesos de duelo incompletos; nos estremecen los pronósticos sobre caída de empleo y recesión económica que sucederán a la crisis sanitaria; la pandemia y sus efectos alcanzan geográficamente al mundo entero, a todo tipo de personas y comprometerán el futuro de todos los pueblos y del orden internacional; y sobre los más pobres son exponencialmente más graves cada uno de los efectos provocados por la pandemia.

Santa Luisa de Marillac y San Vicente de Paúl conocieron en su tiempo situaciones de pandemia, de sufrimiento y de muerte. A la subalimentación crónica en la que vivía la mayor parte de la población, se unían las guerras, casi ininterrumpidas en distintas regiones de Francia, y la peste que reducía sensiblemente el número de habitantes. A lo largo del siglo en que vivieron San Vicente y Santa Luisa, a pesar del elevado índice de natalidad, la población total no se incrementó debido a la mortalidad ocasionada por la peste, el hambre y las guerras: la peste es fruto otoñal de malas cosechas en primavera; y da lugar al éxodo de campesinos hacia las ciudades, propiciando el surgimiento de revueltas y guerras; las guerras, a su vez, dificultan la producción y distribución de alimentos que dan paso a las hambrunas.

El 24 de julio de 1655, San Vicente de Paúl comunica en la repetición de oración su comprensión del sufrimiento que viven las víctimas de estas crisis recurrentes:

Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima, hemos tenido tanta miseria en el corazón de Francia, donde los víveres abundaban por doquier, ¡qué harán esas pobres gentes de la frontera, que llevan sufriendo esas miserias desde hace veinte años! Sí, hace veinte años que están continuamente en guerra; si siembran, no están seguros de poder cosechar; vienen los ejércitos y lo saquean y lo roban todo; lo que no han robado los soldados, los alguaciles lo toman y se lo llevan. Después de todo esto, ¿qué hacer? ¿qué pasará? No queda más que morir (SVP XI, 120).

¿Qué hacer? Es la pregunta emocionada que se hacía Vicente de Paúl y es también la cuestión que todos nosotros, miembros de la Familia Vicenciana, en comunión con las comunidades cristianas de cada lugar, nos planteamos.

La experiencia de Santa Luisa de Marillac, comprometida en el servicio a los pobres y siempre atenta al sentir de la Iglesia, puede ayudarnos a encontrar caminos de compromiso para con las personas, grupos y pueblos que sufren hoy y en el próximo futuro las consecuencias de la pandemia.

2.- Una carta de ayer que podemos releer hoy

Encontramos en la correspondencia de Santa Luisa de Marillac varias cartas dirigidas a Sor Bárbara Angiboust. Entre las que le dirigió a Brienne, a donde había sido enviada para atender a las víctimas de las guerras, encontramos la escrita el 11 de junio de 1652, que transcribo casi por completo (C. 410):

… En nombre de Dios, queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por pensar que no tienen más consuelo que el de Dios. ¡Ah! si supiéramos los secretos de Dios cuando nos pone en tal estado, veríamos que debería ser éste el tiempo de nuestros mayores consuelos. ¡Pues qué! Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también… Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz.

Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros (Señores) y Amos… Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes, démosle gracias por ello, y estemos persuadidas de que es sólo su misericordia, sin ningún otro mérito…

El señor Vicente, nuestro muy Honorable Padre, y el señor Portail están bien de salud gracias a Dios, y también todas nuestras queridas hermanas. La mayoría de las de los alrededores de París se han visto obligadas a refugiarse, pero gracias a Nuestro Señor no han recibido ningún daño ni disgusto hasta ahora.

… Lo que Dios pide actualmente de ustedes, queridas Hermanas, es una gran unión y tolerancia mutua, y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humildad; que lo que ocurra entre ustedes, no salga más allá, para que sirvan de edificación a todo el mundo. Le ruego, Sor Bárbara, que como ya tiene usted edad y está gastada, si ve que Sor Juana tiene demasiado trabajo, sin que usted pueda aliviarla, le busque ayuda, porque ahora no podemos mandársela. Nos vemos obligadas a hacer lo mismo en esta ciudad, donde hay parroquias en las que se cuentan cinco mil pobres, a los que se les da la sopa. En nuestra parroquia damos a dos mil, sin contar los enfermos…

La lectura de esta carta hace aflorar en nosotros espontáneamente expresiones que durante las últimas semanas hemos pronunciado o escuchado y que, si es posible, podríamos comentar en nuestro grupo o comunidad.

Subrayemos algunas de estas expresiones y tratemos de descubrir en ellas sugerencias para nuestro compromiso.

3.- Nuestro compromiso a la luz de la experiencia de Santa Luisa

Escribe Santa Luisa “Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer… Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo y permanezcan en paz“.

La magnitud de los efectos de la pandemia, como nos ha recordado el Papa y como afirman cuantos han escrito sobre el tema en estos días, supera las fuerzas de una familia, de un municipio, de un país o de un continente. Requiere la participación y el compromiso de todos y cada uno.

Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5) (Francisco. Un plan para resucitar).

Voy a intentar en estas páginas formular algunas propuestas para nuestro compromiso como Familia Vicenciana a la luz de la experiencia de Santa Luisa de Marillac.

            3.1.- Com-padecer e interceder

Afirma Santa Luisa: Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también…

Los miembros de la Familia Vicenciana sabemos de la importancia que tiene, para todo servicio, conocer de cerca el sufrimiento de nuestros hermanos, con nuestros propios ojos. No con la mirada del estudio sociológico, económico o demográfico, sino con la mirada del buen samaritano, que no puede continuar impasible su propio camino.

El Papa Francisco nos ha invitado en varias ocasiones a ponernos de rodillas ante los hermanos que sufren: contemplar al que sufre, estando nosotros de rodillas, nos ofrece la perspectiva adecuada para llegar a padecer con él, com-padecer.

Como creyentes, nuestro com-padecer se eleva hacia Dios, que ve y conoce también el sufrimiento, y se hace intercesión. La intercesión es el primer servicio que podemos prestar a cuantos sufren las consecuencias de la pandemia. Y es el servicio que no podemos dejar de prestar, ya que está al alcance de todo creyente, sea cual sea la situación de salud, edad, lugar o condición.

Com-padecer implica también, para los miembros de la Familia Vicenciana, participar de alguna forma en el sufrimiento de las víctimas. Afirma Santa Luisa: Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo. Muchos de nosotros participamos en nuestra propia familia o comunidad, entre nuestros allegados, de las consecuencias de la pandemia. Pero todos hemos de exigirnos alguna participación solidaria con quienes sufren directamente a causa de esta crisis: renunciando no sólo a lo superfluo sino a parte de lo necesario para contribuir a que quienes lo han perdido todo puedan encontrar mejores condiciones de vida. Y es que, como advierte Santa Luisa, no sería coherente que viviéramos en la abundancia y en la comodidad viendo sufrir tanto a nuestros (Señores) y Amos…

3.2.- Cercanía, acogida, escucha, ternura

La complejidad de las dimensiones de la crisis provocada por el coronavirus va a exigir la adopción de medidas de gran envergadura, a nivel internacional y a nivel local. Pero exige igualmente cercanía, capacidad de acogida y de escucha, con el bálsamo de la ternura.

Afirma Santa Luisa que el tiempo de grandes sufrimientos puede llegar a ser el tiempo de nuestros mayores consuelos.

Para los miembros de la Familia Vicenciana, la cercanía, la acogida, la escucha, la ternura… son disposiciones largamente experimentadas en el servicio a los pobres. Los sufrimientos derivados de la pandemia requieren sin duda una intensificación de estas actitudes, porque las llagas a curar son más profundas y el dolor más persistente.

Santa Luisa de Marillac vivió la cercanía, la acogida, la escucha, la ternura con las personas que fue encontrando en su camino: con su esposo y con su hijo, en primer lugar; con las jóvenes y niñas en la escuela; con las Hijas de la Caridad; especialmente, con los pobres a los que sirvió personalmente en la cárcel, en las parroquias, en las distintas formas de desvalimiento de su tiempo.

3.3.- Práctica del cuidado y atención integral a cada persona

Desde las intuiciones de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, la persona y su cuidado integral (corporal y espiritual, en su lenguaje) ocupan el centro de la misión de cada cristiano, y específicamente de los miembros de la Familia Vicenciana.

Hoy se utiliza la expresión “práctica del cuidado” para describir el conjunto de atenciones que requiere la persona: sanitaria, psicológica, humana, espiritual, familiar, sacramental… La perspectiva del cambio sistémico resume en el término “holístico” la totalidad de las dimensiones que han de ser contempladas en la promoción de las personas, de los pueblos y de la transformación de la realidad global para un mundo nuevo justo y equitativo.

El Papa Francisco, en su plan para resucitar, retoma el concepto de civilización del amor:

La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos.

Compromiso de todos y atención integral a toda persona guiaron la vida de Santa Luisa de Marillac. En colaboración con San Vicente de Paúl, animó y acompañó a diversos grupos de personas, especialmente mujeres, en campos y ciudades para que se implicaran en el servicio de los pobres. Y la atención corporal y espiritual están presentes en todas las obras que emprendió y en los reglamentos que escribió para su funcionamiento.

3.4.- Colaboración con personas, grupos e instituciones                  

Hacer frente a las enormes consecuencias derivadas de la pandemia sólo será posible desde una colaboración de instituciones públicas y privadas, de los diversos grupos sociales y asociaciones y de todas las personas.

Hoy, más que nunca, la colaboración de los grupos de la Familia Vicenciana y la colaboración en la Iglesia y como Iglesia con otros grupos y asociaciones, y no el heroísmo altruista de solitarios intrépidos, podrá hacer visibles los signos del Reino de Dios en medio del mundo sacudido por la pandemia.

La tradición vicenciana está llena de buenas prácticas de colaboración a todos los niveles. La Iglesia nos invita hoy a sumar nuestras fuerzas y recursos, cada uno según nuestras posibilidades. Santa Luisa recuerda a las Hermanas de Brienne: hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz. Y pide a Sor Bárbara que busque ayuda de otras personas, ya que el trabajo en el servicio a los pobres es superior a sus fuerzas.

3.5.- La esperanza más fuerte que la muerte

El Papa Francisco, al proponernos su plan para resucitar, aborda la crisis de esperanza que acompaña a la crisis provocada por la pandemia:

Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza.

Santa Luisa de Marillac, cuando escribía a sus Hermanas, las motivaba para superar sus debilidades con la invitación a contemplar a Jesucristo, el Señor Crucificado, que es también el Señor Resucitado, el Señor de la Caridad, que invita: “aprended de mí” y también “venid, benditos de mi Padre…

Añade el Papa Francisco:

Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo incluso la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”. Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada.

Los seguidores de Cristo, el Señor Resucitado, no podemos resignarnos ante las situaciones de pobreza ni acostumbrarnos a ellas, ni mucho menos justificarlas con reflexiones fatalistas (“siempre ha habido pobres y siempre los habrá”… “el mundo es como es”…). Nos corresponde ser instrumentos de esperanza: promover la vida, la dignidad de las personas, brindar motivos para la superación, abrir sendas para una nueva justicia y fraternidad.

Como concluye el Papa Francisco:

En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.

Conclusión

En su carta a las Hermanas de Brienne, Santa Luisa les recuerda que en las circunstancias que están viviendo de tanto dolor y sufrimiento a su alrededor, lo más importante es vivir su vocación con autenticidad: Lo que Dios pide actualmente de ustedes, queridas Hermanas, es una gran unión y tolerancia mutua, y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humildad.

Cada uno de nosotros, miembros de la Familia Vicenciana, hemos abrazado nuestra vocación en respuesta a la llamada de Dios. Nuestra vocación comporta una forma de vida, con sus virtudes propias y características. Somos conscientes de la actualidad de nuestra misión al servicio de los pobres y la urgencia de responder a quienes sufren los efectos de la pandemia. ¡Vivamos con autenticidad lo que somos! ¡Actualicemos la radicalidad de nuestro compromiso con Dios en el trabajo con los pobres y por los pobres, por los que más sufren hoy!

Luisa de Marillac, mujer comprometida, transparencia de Dios, muy cerca del que sufre: tus huellas nos inspiran (Himno en su honor).

Corpus Juan Delgado, c.m.
Celebración de Santa Luisa 2020

El doctor Gálvez, el miedo y el deber

(publicado en Diocesis de Malaga. 08/04/2020: 1130)
El Dr. Gálvez con algunos de sus nietos
 

Todos tenemos miedo. Hobbes decía de sí mismo: “Mi querida madre dio a luz gemelos: a mí y al miedo”. Es una afirmación universal, general, en la que no caben excepciones, salvo por peligrosas patologías.

¿Qué mejor prueba que las duras y esperanzadoras imágenes de enfermeros y auxiliares exhaustos, monjas con mascarilla llevando comida a los pobres, o capellanes sanitarios voluntarios?

La panoplia de temores puede ser incalculable. Puedo padecer miedos innatos o sufrir miedos adquiridos. Puedo temer a la oscuridad o a las cucarachas, al fuego o a la muerte, a hablar en público o a contraer el COVID-19. Y los grados, infinitos, desde una ligera inquietud hasta un pánico paralizante. Depende de cada cual, y de la circunstancia de cada cual, pues siempre hay un polo subjetivo (yo) y un polo objetivo (lo que me atemoriza): todo bascula en función de mi percepción del peligro (o de lo que considero como tal) y del bagaje de recursos de los que dispongo (aquí sería menos metafórico hablar de panoplia, que literalmente es colección ordenada de armas). La combinatoria puede ser ilimitada, pero nunca igual a cero, porque todos, sin excepción, le tenemos miedo a algo.

Gálvez Ginachero, a pesar de su talante imperturbable y de su fama de cirujano capaz y preciso, también sufrió miedos. Precisamente la enorme responsabilidad de su profesión (que a diario le hacía bregar con algo tan frágil como la salud y la vida de sus pacientes), y su intensa empatía hacia los demás, le provocaba una desazón que explica su dedicación incansable a sus enfermos y su máxima concentración –y a veces brusquedad con sus colaboradores- durante las operaciones.

En una de sus historias clínicas (4/7/1894) escribió respecto de su intervención para extirpar un fibroma uterino: “(el tumor) estaba fuertemente adherido y con una base bastante ancha. Después de tentativas repetidas, largas e infructuosas, me apercibí con terror de que se había perforado la matriz”. La rápida reacción de Gálvez, que describe a continuación en la misma historia clínica, le permitió superar este contratiempo y a los pocos días lograr el alta la paciente. Pero lo que me interesa destacar es, además de la humildad en dejar testimonio escrito de su fallo, el reconocimiento de su propia debilidad. La comprometida situación de aquella paciente le había producido “terror”.

También tuvo miedo las dos veces que le detuvieron, especialmente la segunda. Lo reconoce posteriormente en una entrevista que le hicieron unos periodistas: sintió auténtico pánico.

“A fines de agosto (1936) vino una patrulla de la F.A.I. con una orden de prisión contra mí, firmada por el gobernador civil de la provincia. En seguida me puse a la disposición de los milicianos y me llevaron a donde iban los detenidos más temibles: al Colegio de Salesianos de San Bartolomé, donde la F.A.I. había instalado uno de sus cuarteles. Está ese convento o colegio precisamente en el barrio que yo visitaba todos los días para rezar ante María Auxiliadora. El vecindario me conocía mucho, y me apreciaba bastante, y yo veía las caras de espanto que ponían los obreros del barrio al ver que me llevaban conducido y detenido. Este hecho hizo tranquilizarme en grado sumo. Perdí todo el pánico que en un principio tuve y adquirí un aplomo extraordinario para hablar ante el comité de faistas”.

Acusado de ser un burgués “parásito”, su defensa fue la exposición de su esfuerzo cotidiano: “Llevo ya cuarenta años trabajando en mi profesión, procurando atender a todo el mundo, y principalmente a los obreros. Vosotros lo sabéis bien. Y vosotros mismos, estoy seguro que no habéis trabajado tanto por servir al pueblo como yo, porque entre los domingos, los días de fiesta, la jornada de ocho o menos horas y las huelgas que con frecuencia tenéis, es bien poco lo que trabajáis al año. En cambio yo, como todos los médicos, trabajamos diariamente, sin tener horas de jornada, sin percibir horas extraordinarias y sin descansar los domingos ni días festivos”.

En solo seis minutos –contó Gálvez a los periodistas- se decidió la sentencia: sería liberado. Nadie consideró la posibilidad de imputarle ningún delito. La única discusión fue qué miliciano le llevaría de nuevo de regreso a casa. Al final se encargó de ello el propio jefe de la patrulla que le había detenido, llevándole en coche de vuelta a su hogar, desde aquel cuartel/santuario.

Por tanto, la cuestión no es vivir en un nirvana desinfectado de temores (lo cual es, o escapista, o utópico); la tarea no es evitar el miedo, sino re-accionar, sobre-ponerse a él. No es lo mismo tener miedo que ser un cobarde, porque, como bien distingue José Antonio Marina, son fenómenos que pertenecen a niveles distintos: el miedo es una emoción, la cobardía es un comportamiento.

Naturalmente, vencer el miedo no es una opción meramente voluntarista. Sería demasiado fácil poder alejarse de uno mismo cuando el miedo literalmente te “a-tenaza”. Suele citarse al valeroso mariscal Turenne que antes de entrar en batalla, al sentirse temblar de miedo, se dijo: “¿Tiemblas, osamenta? Más temblarías si supieras donde voy a meterte”. Este distanciamiento para lograr perspectiva, esta voluntaria bipolaridad, a veces funciona, a veces no.

El verdadero recurso, cuando falla el razonamiento, el ánimo, la vergüenza, la evitación del castigo, la motivación del premio… radica en asumir el “deber”, en el que hemos hecho pivotar nuestra dignidad. El deber, que en el caso del cristiano, es el amor. El cura pecador, alcohólico y cobarde de El poder y la gloria de Graham Greene, finalmente decide no huir por atender a un moribundo, y es ejecutado. La monja pusilánime de los Diálogos de carmelitas de Bernanos, pudiendo escapar, finaliza el Veni Creator y ofrece su cabeza a la guillotina; pues, como dice la madre Teresa de San Agustín al pie del cadalso, “el amor saldrá siempre victorioso. Cuando se ama, se puede todo”. Incluso Rieux, el esforzado médico de La peste de Camus, desde la increencia se arriesga al contagio, por cumplir su deber sanitario y por pura filantropía.

Esta Semana Santa, tan peculiar por el COVID-19, no será sin embargo distinta en su esencia y su mensaje: el recuerdo vivo del Hijo de Dios que padeció, que sintió angustia y miedo hasta sudar sangre, que sufrió muerte, horrible muerte de cruz… pero que con su ejemplo nos mostró el auténtico camino para vencer al miedo; y, por Él y en Él, para derrotar hasta a la misma muerte. ¿Qué mejor prueba que las duras y esperanzadoras imágenes de enfermeros y auxiliares exhaustos, monjas con mascarilla llevando comida a los pobres, o capellanes sanitarios voluntarios?

Ha muerto Sebastián Rivas Briales

Hemos tenido conocimiento con gran tristeza del fallecimiento de Sebastián Rivas Briales, otra víctima de este enemigo invisible y mortal que nos ha confinado en nuestras casas y nos ha impedido incluso asistir al funeral de nuestro amigo.

Sebastián fue durante varios años vocal de la Asociación Gálvez Ginachero por la Adoración Nocturna, y se esforzó con gran acierto y éxito en la difusión de la vida y obra del Siervo de Dios, coadyuvando con la causa de beatificación, como marcan sus Estatutos. Dejó paso a Félix Valiñani en este oficio de vocal, por poder atender mejor a su esposa enferma y que hoy es la principal perjudicada del fallecimiento de Sebastián, junto con su querida hija.

Porque Sebastián, que mantuvo una gran actividad hasta el final, sabía que la Adoración Nocturna, sus visitas a los enfermos de la parroquia de los Mártires para llevarles la Comunión, o las tareas de la Asociación Gálvez, tenían que realizarse sin perjuicio de la debida y preferente atención a su esposa. Dio ejemplo de lo que debe ser un verdadero matrimonio cristiano, donde la mutua ayuda y entrega, la donación al otro, hace visible y realiza una auténtica iglesia doméstica.

Sebastián era un auténtico caballero español, y sus principios firmes nunca eclipsaron su entrega bondadosa a los demás, y ni siquiera su buen humor. Solíamos bromear él y yo cuando yo le admiraba su gran capacidad y actividad, y él alegaba su avanzada edad. –“Bueno, yo por ahora me encuentro muy bien, pero tengo más de 80 años, así que hasta que Dios me llame”. Yo le respondía: -“Entonces, Vd. siempre descuelgue, y así Dios, si le llama, le encontrará comunicando”. Nos reíamos.

Ahora sí que Dios le ha llamado junto a Él. Este adorador nocturno podrá adorarle ya eternamente, al lado de su admirado Gálvez Ginachero, haciendo realidad la promesa reservada para quienes como Sebastián se entregaron por todos nosotros: “Venid, benditos de mi Padre…”

Francisco García Villalobos
Secretario de la Asociación Gálvez Ginachero

Gálvez contra las enfermedades contagiosas

 

 

(Publicado en Diocesis Málaga)

Desde muy pronto, y a nivel nacional, se estimó el compromiso de Gálvez para la lucha contra las enfermedades infecto-contagiosas.

Un oficio que le dirigió la Junta Provincial de Sanidad el 22 de agosto de 1899 señalaba que se había acordado aumentar el número de vocales de la misma conforme a “las instrucciones que deben observar los Gobernadores de provincia para prevenir el desarrollo de una epidemia o enfermedad contagiosa, y en su virtud me permito invitar a V. por si tiene a bien honrar con su presencia este Despacho, concurriendo a las Sesiones que dicha Junta celebra todos los días impares a las nueve de la noche. Dios guíe a V. m. años”. Gálvez tenía en aquel momento 33 años. Era Doctor en Medicina desde los 24, y trabajaba en el Hospital Civil desde 1893. Formaría parte de estas instituciones de prevención hasta su muerte en 1952.

Siendo todavía estudiante en Granada, en 1885 ya había podido observar de primera mano los terribles efectos de la epidemia de cólera que se cebó con aquella ciudad. A pesar de las fumigaciones de Bobadilla, esta epidemia penetró en Málaga, con especial incidencia en Vélez-Málaga, Archidona, Álora y Cuevas de San Marcos. En nuestra capital, diariamente morían personas en el barrio de la Trinidad.

A falta de vacuna adecuada, las epidemias se desencadenaban irremediablemente. Así, durante la invasión de la gripe mal llamada española de 1918-19 (que se cobró 1500 vidas en Málaga), y dada la imposibilidad de determinar la verdadera etiología de esta enfermedad, algunos médicos mostraron su convencimiento de que no se podía disponer de un medicamento verdaderamente específico. González Álvarez señalaba que para la gripe “tratamiento patogenético-etiológico no lo hay ni lo puede haber, porque se desconoce el germen único específico” ante lo cual “las indicaciones que pueden hacerse no son más que de índole general, de activar las defensas orgánicas y mantener las energías vitales”. Como ha estudiado Mª Isabel Porras Gallo, no sólo se recurría al suero antineumocócico, sino también al suero antidiftérico para combatir las bronconeumonías gripales; pero ante su ineficacia fueron utilizados “antipiréticos, sudoríficos, tónicos, excitantes, baños, purgantes, desinfectantes, aireación sana, dieta sana e incluso la sangría, adoptando cada médico su propia combinación terapéutica”.

Por su parte Gálvez, célebre por su defensa a ultranza de la asepsia, constantemente defendió medidas higienistas, y, ante la impotencia de la medicina de laboratorio, predicó como mejor profilaxis colectiva la prevención: siempre consideró que la mejora de los servicios básicos (conducciones de agua potable, canalización de alcantarillado, etc.) eran la mejor defensa ante enemigos contra los que no se dispusiera aún del arma definitiva, la vacuna adecuada. Pero entonces, como hoy, la ineficacia de algunas autoridades sanitarias y la inconsciencia de algunos particulares menoscababan los esfuerzos a veces heroicos de los profesionales. Resultan demasiado actuales las palabras del abogado y escritor Narciso Díaz de Escovar publicadas en 1903: “muchas de estas asoladoras pestes que la tradición nos relata se agigantaron por descuido de los más o por el amor propio de obstinados que no veían o no querían ver el contagio para no confesar el error que existía en opiniones vertidas públicamente con harta ligereza. En esas epidemias se grabaron eternamente rasgos de abnegación, que contrastaban con las negligencias de autoridades poco celosas del bien público y desconocedoras de higiénicos preceptos que oportunamente aplicados hubieran evitado tan horribles catástrofes”.

En particular, en cuanto a la tuberculosis, Gálvez se quejaba amargamente de que “los visitantes cada año más numerosos que acuden a Málaga durante el invierno atraídos por la dulzura de clima y por la justa fama de hospitalarios que gozan sus habitantes, observan con extrañeza que los hoteles albergan de ordinario un número harto mayor de lo que debería ser de enfermos tuberculosos en todos los períodos, que sin traba ni cortapisa de ninguna especie habitan en los departamentos que les place, comen en la sala general, escupen por doquier, toman café y esparcen puntas de cigarro allí donde les coge y finalmente son perfectos y acabados modelos de infracción a las reglas de higiene y propagandistas inconscientes del más mortífero o insidioso de los agentes patógenos. Y lo más desagradable del caso es que hasta ahora por nada ni por nadie se ha emprendido ninguna obra de defensa, a pesar de que el mal nos amenaza cada día más de cerca y nos arrebata amigos, parientes, obreros en lo más florido de sus juventudes, madres que empezaban a crearse una familia, niños llenos de esperanza y de vida, y en los cuarteles, en las fábricas, en los conventos, en las escuelas y en todas partes el mal se ceba arrancándonos miles de existencias”.

En 1943, Gálvez tenía 77 años. El  27 de noviembre, en un solemne acto celebrado en el Hospital Civil, se le impuso la Cruz de Beneficencia de Primera Clase. La prestigiosa Orden Civil de la Beneficencia había nacido casi un siglo atrás, en 1856, para premiar la caridad y el esfuerzo de los que se habían destacado especialmente en el auxilio a los infectados por la epidemia de cólera morbo asiático. De sus modalidades, la de primera clase –la que recibió Gálvez– conllevaba el uso de la placa y podía concederse a aquellos que prestaran servicios extraordinarios de caridad. La insignia consistía en una estrella con remates en globillos de oro. Esmaltada en blanco, en su centro circular mostraba superpuesta la representación de la caridad con la figura de una matrona que acoge a dos niños, con una orla con la inscripción Fortitudo – Charitas – Abnegatio (Fortaleza – Caridad – Abnegación). Realmente era la distinción más apropiada para la persona que se caracterizó toda su vida por el esfuerzo en la prevención de las epidemias, y por su caridad para quienes sufrían sus devastadoras consecuencias.

Señor Dios nuestro, que concediste a tu siervo José Gálvez Ginachero, Doctor en Medicina y Ginecólogo, innumerables dones que ejercitó con esfuerzo durante su vida, de modo que nos dejó un ejemplo de ideal cristiano en las variadas facetas de sus actividades como padre de familia, cirujano y hombre público, sostenido por una profunda fe en la Eucaristía y por una gran devoción mariana, supo unir su ciencia médica con el ejercicio de su profesión y la atención a los más necesitados, siempre abierto a toda acción benéfica, fue propulsor de varias de ellas.
Concédenos por su intercesión la gracia que ahora te pedimos (hágase la petición) y haz que nuestra Santa Madre Iglesia, a la que él amó fielmente, acredite públicamente su santidad.
Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Fallece Kathleen Appler, superiora general de las Hijas de la Caridad

Con la discreción que es propia de la Sencillez que debe caracterizarnos, ha pasado medio desapercibida la muerte de nuestra Superiora General, el pasado 18 de Marzo si bien la causa de su muerte ha sido la enfermedad que fué diagnosticada y tratada desde hace año y medio. Pero la coincidencia con la crisis provocada por el famoso virus, no solo explica que no haya sido noticia, sino que en su fallecimiento, ella ha compartido la suerte de todos los que han dejado esta vida sin la compañía física de sus familiares que, lógicamente, no podían desplazarse desde Estados Unidas en estas circunstancias.

Nosotras, Hijas de la Caridad, gracias a las Comunicaciones vía internet, hemos podido participar a distancia en las liturgias -sin público- que se han organizado, como la de Mons. Francisco Pérez, Arzobispo de Pamplona, en la Ermita San Fermín, retransmitida en directo por el Canal de Youtube de la Parroquia de San Lorenzo.

Dada la vinculación de Don José Gálvez Ginachero con las Hijas de la Caridad, he visto oportuno publicarlo  en esta web, segura de que, Sor Kathleen y él, seguirán compartiendo su afan de ayudar a los que quedamos aún en esta vida y, en especial, a los más desfavorecidos. Es lo que ambos hicieron en su caminar por el mundo en épocas distintas.

Y convencidos, hoy más que nunca, de nuestra fragilidad, yo pido su intercesión en favor de todos nosotros, desde los científicos y los que rigen la cosa pública, hasta todos los que ejecutan los cuidados de salud o los diferentes servicios necesarios para sobrevivir y superarar la crisis en el mejor de los sentidos, es decir, aprendiendo de todo lo que nos está suponiendo esta extraña situación.

Cecilia Collado
Hija de la Caridad

Gálvez, médico y alcalde en medio de la epidemia de peste bubónica

Inauguración de un comedor escolar para 200 niños por el alcalde de Málaga, José Gálvez Ginachero, en 1926

Málaga, marzo de 1923. La prensa malagueña denuncia la aparición de una epidemia maligna en la ciudad.

Las autoridades son conocedoras de que se trata de un grave brote de peste bubónica, pero ocultan esta información y tratan por todos los medios de silenciar la noticia, temiendo las terribles consecuencias económicas que la declaración de la enfermedad acarrearían a Málaga.

Finalmente, las autoridades sanitarias gubernativas actúan y la ciudad, y, lo que era aún más grave, el puerto, son declarados “sucios”.

Esta declaración conlleva el inmediato cierre del puerto, paralizando el comercio. Finalmente, desde el Gobierno Civil, en abril de 1923, se inician las oportunas campañas sanitarias, y se obliga al Ayuntamiento a la declaración oficial de la peste en Málaga. En octubre de 1923, mes en el cual José Gálvez Ginachero es nombrado alcalde, la sombra de la peste todavía se cierne sobre la ciudad. Y aunque la epidemia se erradique, la paralización del tráfico marítimo deja en una situación angustiosa a la capital.

Es evidente que una de las razones para la elección de Gálvez como alcalde, y la aprobación entusiasta de su nombramiento por todas las clases sociales, fue su decidida (y en muchas ocasiones heroica) actuación en las sucesivas epidemias que asolaron Málaga a fines del siglo XIX y principios del XX (señaladamente el cólera y la gripe).

El propio gobernador General Cano, representante del Directorio, decía en un telegrama fechado el 7 de octubre de 1923 al subsecretario de la Gobernación que “el sacrificio hecho por el doctor Gálvez, de aceptar con el beneplácito de Málaga entera la alcaldía, debe inspirar la confianza en la sanidad en esta capital”.

Y ciertamente, como han estudiado especialmente Juan María Lamas y Mari Pepa Lara, durante sus tres años como alcalde, hasta su dimisión en 1926, José Gálvez orientó con todas sus fuerzas la política municipal a una labor social sin precedentes: intervención decidida en las condiciones higiénico-sanitarias, particularmente con la canalización de las aguas y el alcantarillado; mejora global de los establecimientos hospitalarios de Málaga, y creación de otros nuevos; intensas campañas de vacunación; construcción de barriadas de protección oficial (entre otras la “ciudad jardín”); y en general cuantas acciones dictaban su ciencia y su conciencia para cuidar la salud de sus connvecinos.

Gálvez Ginachero había heredado una ciudad llena de miseria social y económica, sin confianza en sí misma y con gran temor por el inmediato futuro; y en vez de ensimismarse en ideologías o favorecer a los de su propia clase social (sin hablar de las donaciones que realizó para diversas acciones municipales, en lugar de lucrarse), trató de crear un municipio más solidario, y tuvo la valentía de afrontar los problemas desde su raíz: invirtiendo grandes sumas para el bienestar de los malagueños, y dotando a los pobres y desfavorecidos de las más elementales infraestructuras sanitarias. Ningún alcalde anterior había llegado tan lejos en políticas sociales.

Hoy, cien años después, desgraciadamente nos encontramos de nuevo con la ciudad asolada por una epidemia. Para todos nosotros es una situación absolutamente inédita, que nos ha devuelto con una bofetada de realidad la conciencia de nuestra enorme fragilidad, precisamente en Cuaresma.

Pero el ejemplo de Gálvez, científico y creyente, se reproduce en las acciones esforzadas de todo el personal sanitario malagueño que nos atiende, muchas veces sin medios suficientes para su propia protección, hasta la extenuación. Nuestra gratitud y nuestra oración para que Dios les aliente en su tarea y sobre todo para que aleje de nosotros esta enfermedad que se ceba especialmente con nuestros mayores.

Como nos pide el Obispo Mons. Catalá en su Carta Pastoral Vivir la fe inmersos en la pandemia, “rezamos por las personas que están sirviendo a la población desde sus puestos de trabajo, de manera especial por los médicos y el personal sanitario. Rezamos por quienes tienen la responsabilidad de las decisiones, por las fuerzas de seguridad, por quienes desempeñan su trabajo en estos días como servicio a la comunidad, por los padres que se desviven cuidando a su familia, sobre todo a los niños que viven desconcertados esta situación”.

Y ojalá que el Siervo de Dios Gálvez Ginachero, que tan sensible fue durante su vida terrena con los sufrimientos de las enfermas y enfermos de nuestra ciudad, nos contagie con su ejemplo y nos sirva de modelo para intentar devolver, cada uno en la medida de nuestras posibilidades, la salud física y espiritual y la esperanza a nuestros hermanos.

Oración para pedir por la pronta beatificación de José Gálvez Ginachero

Señor Dios nuestro, que concediste a tu siervo José Gálvez Ginachero Doctor en Medicina y Ginecólogo, innumerables dones que ejercitó con esfuerzo durante su vida, de modo que nos dejó un ejemplo de ideal cristiano en las variadas facetas de sus actividades como padre de familia, cirujano y hombre público, sostenido por una profunda fe en la Eucaristía y por una gran devoción mariana, supo unir su ciencia médica con el ejercicio de su profesión y la atención a los más necesitados, siempre abierto a toda acción benéfica, fue propulsor de varias de ellas. 

Concédenos por su intercesión la gracia que ahora te pedimos (hágase la petición) y haz que nuestra Santa Madre Iglesia, a la que él amó fielmente, acredite públicamente su santidad.

Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Francisco García Villalobos

Don José Gálvez Ginachero. Historia de una vocación

(Conferencia del Dr. Federico J.C-Soriguer Escofet)

Presentación:
Quisiera ante todo expresar mi agradecimiento a los organizadores de este acto. Cuando primero la Drª María Soledad Ruiz de Adana y luego Luis Plaza, me llamaron para preguntarme, en nombre de los organizadores, mi disponibilidad para asumir esta conferencia, me sorprendió su propuesta. Hoy solo puedo mostrar mi agradecimiento a D.Francisco Gómez y a D. Francisco García Villalobos, los promotores de este homenaje al Dr. Gálvez, pues me han permitido conocer mejor su figura y su obra. En esa conferencia hablaré sobre la dimensión médica de D. José Gálvez Ginachero e intentaré recuperar su figura como médico que, si me lo permiten, en este momento en el que hay este gran empeño en su beatificación, corre el riesgo de quedar sepultada por su dimensión religiosa. Antes de seguir adelante quiero dejar constancia de las fuentes que me han permitido preparar esta conferencia. La más importante sin duda ha sido el libro que el Dr. Gustavo García Herrera público sobre él en el año 1966 (FIGURA 1). Un libro en el que el cariño del biógrafo y su proximidad doctrinal y política no le impidieron hacer una precisa presentación de la vida y la obra de D. José Gálvez. También el libro de D. Francisco García Villalobos (“D. José Gálvez. Pastor de cuerpos y almas”), que completa la figura del Dr. Gálvez desde una perspectiva más personal. Mi agradecimiento, en fin, a su biznieta Iciar Higuera Gálvez, por la documentación que me ha proporcionado, así como al resto de las fuentes que me han permitido construir esta conferencia. Y por último quisiera felicitar a los organizadores por la elección del eslogan que identifica este homenaje: A hombros de gigantes. Hace alusión a la famosa frase de Newton incluida en una carta que le dirigió a Robert Hooke en 1676: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”, y es también el título de un libro escrito por Stephen Hawking en 2004 titulado así a “Hombros de Gigantes”, en donde aclaraba que estos gigantes a los que Newton aludía eran nada más y nada menos que Copérnico, Galileo y Kepler.
No pretendo con esa conferencia descubrir nada nuevo sobre la obra médica y científica del Dr. Gálvez. Solo queremos contribuir modestamente a este homenaje que hoy se
le dedica en el Hospital Civil que fue (en muchos momentos literalmente) su casa, durante más de cincuenta años. Y para hacerlo quiero compartir su recuerdo con el de otros médicos y científicos españoles que habiéndose formado en el siglo XIX fueron coetáneos suyos y protagonistas de la medicina de buena parte de la primera mitad del siglo XX. Creemos que de esa forma, al contextualizarla, podremos conocer mejor la figura de D. José. El siglo XIX no fue el mejor siglo para España. Perdimos todas las colonias y perdimos, sobre todo, la gran oportunidad de incorporarnos al mundo moderno. No habíamos hecho la gran revolución política que otros países habían hecho, como Inglaterra a lo largo de todo el siglo XVII y Francia en el XVIII, ni tampoco nos incorporamos sino a regañadientes a la revolución industrial y científica. Tres revoluciones, la política, la industrial y la científica, que no se pueden entender de manera separada. No voy a analizar aquí las causas de este retraso secular de España, pues no soy historiador, pero sí quiero dejar aquí constancia de que siempre hubo en nuestro país, gentes que mantuvieron la llama sagrada del conocimiento crítico, esperando que las siguientes generaciones fueran capaces de coger el relevo y colocar a España en el lugar que le corresponde. Es el caso de las personas de las que hoy aquí hablamos y que van a acompañar a la vida y obra de D. José Gálvez. Antes de seguir les presentaré (FIGURA 2) una cuadro de todos ellos con las fechas de su nacimiento y de su muerte. Junto a D. José Gálvez Ginachero (1866-1952) le acompaña en esta dispositiva D. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), D. José Gómez Ocaña (1860-1919), D. Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960), D. Carlos Jiménez Díaz (1898-1967) y D. Carlos Escofet Espinosa de los Monteros (1890-1964), mi abuelo pues en la vida hay casualidades que como la que contaré al final de esta conferencia me relaciona muy pronto, incluso sin tener conciencia de ello, con el Dr. Gálvez, al que no conocí por razones generacionales. Todos ellos nacieron en la segunda parte del siglo XIX y desarrollaron su labor en la primera mitad del siglo XX. Cada uno de ellos representa las diferentes maneras de aproximarse a la medicina en aquella época. Gómez Ocaña era malagueño y junto a Cajal dos grandes científicos. Marañón y Jiménez Díaz, eran clínicos y Carlos Escofet, médico general práctico y toco-ginecólogo como D. José. Y los he traído aquí porque D. José tuvo un poco de todos ellos.
Pero antes de seguir adelante intentaremos explicar brevemente como era la medicina y como estaba la situación sanitaria en nuestro país en aquella época.
Desde el punto de vista social, había unas clases dominantes, la nobleza y una burguesía comerciante y exportadora muy activa que compartían el poder económico, político y el prestigio social y que por su carácter emprendedor contribuyeron a la riqueza de la ciudad, aunque la mayoría lo hicieron manteniendo los hábitos clientelares o de patronazgo tradicionales en la política y en las relaciones laborales españolas, que les llevaban a ejercitar la beneficencia o la caridad para los necesitados, o incluso a sustituir al Estado realizando obras públicas gratuitas en sus zonas de influencias, siguiendo el viejo sistema caciquil que se venía arrastrando desde al menos el siglo XIX. Había también unas clases medias incipientes compuestas por profesores,
pequeños comerciantes, etc., por lo general bastantes depauperadas y más cercanas a la gran mayoría de la sociedad que eran personas trabajadores o agricultores, lo que ya comenzaba a llamarse proletariado, la mayoría pobres sin casi ningún sistema de protección social o sanitario.
En este contexto la situación sanitaria e higiénica era muy deficiente. Basten algunas cifras para mostrar la precaria situación de la salud de la población española en la época. En el año 1900 la esperanza de vida era solo de 34,9 años; la tasa de mortalidad infantil era de 171,1/1000 nacidos vivos y las tasas de algunas de las enfermedades infecciosas eran de las más altas de Europa (FIGURA 3, 4 y 5)
Esta situación era conocida por aquellos higienistas que nos visitaban de fuera de España, quienes al mismo tiempo que describían la lamentable situación sanitaria local, recomendaban vivamente en los periódicos ingleses y en diferentes medios de expresión científica de la época, a Málaga como lugar muy adecuado por su clima para la prevención y tratamiento de determinadas enfermedades infecciosas sobre todo la tuberculosos, una asunto que ha sido recientemente revisado por Enrique Benítez 2.
Una situación sanitaria lamentable y una situación social en la que grandes capas de población, especialmente las relacionadas con las clases trabajadoras y campesinas estaban atrapadas entre la incultura, la pobreza y la desnutrición. Sirva de ejemplo las diferencias en las tallas entre grupos sociales de la época. Como es bien conocido la talla media de una población determinada es un excelente marcador social y nutricional. En la FIGURA 6 se puede ver como los estudiantes que se incorporaban al servicio militar en los últimos años del siglo XIX, medían en promedio 165,6 cm frente a los 158,4 cm de los trabajadores del campo3,4. No era Málaga una excepción al resto del país.
En los comienzos del siglo XX la situación sanitaria en España era muy deficiente. En palabras de un autor en 1918: “descartada Rusia, la mortalidad de España es la mayor entre las naciones cultas, y este sacrificio inútil de vidas significa, para la raza, una sangría suelta que conduce a la degeneración, y, para el país, un derroche insensato de su capital nativo, causa primaria de nuestra decadencia económica y política”. En España la higiene era una asignatura pendiente en los comienzos del siglo XX y la asistencia médica de los pobres estaba en manos de los sistemas de beneficencia (“La Beneficencia”) casi siempre dependiente de la caridad privada o religiosa ante la escases cuando no la ausencia de medios de atención sanitarios públicos. Éramos, en fin, un país pobre, con una baja capacidad de consumo debido a los bajos salarios, con una estructura estatal débil y con un subempleo generalizado. Este déficit sanitario se ponía de manifiesto sobre todo con motivo de las sucesivas epidemias de cólera que en la última mitad del siglo XIX asolaron Málaga, una ciudad que en aquel momento, en los años centrales del siglo XIX, estaba también experimentado una etapa de expansión económica, revelando con este binomio de crecimiento y pobreza cuando no miseria, claramente, las injusticias del modelo de gestión política imperante. Finalmente desde la perspectiva propiamente médica fue la época durante la que la medicina experimentó una gran transformación, incorporando los conocimientos que la investigación científica comenzaba a descubrir.
Es el momento en el que se impone la teoría celular formulada por Rudolf Virchow (1821-1902) en 1858 y que adquiriría todo su esplendor con los trabajos de D. Santiago Ramón y Cajal confirmando para el Sistema Nervioso la Teoría Neuronal, o del espectacular desarrollo de la Teoría Microbiana que culmina con los trabajos de Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910), cuyas consecuencias prácticas más relevantes fueron el desarrollo de las vacunas y de la antisepsia sobre todo a partir de Joseph Lister (1827-1912). Nos limitaremos tan solo en este punto a recordar aquí brevemente la historia de un ginecólogo como D. José Gálvez, Igmaz Phipipp Semmelweis. Semmelweis era el jefe de obstetricia y ginecología de un gran hospital de Viena. En el año 1847 abrumado por la altísima mortalidad por fiebre puerperal de las mujeres que ingresaban en su hospital, diseñó un cuidadoso experimento que demostró que era posible disminuir de manera muy importante la mortalidad con solo que los médicos de la sala I (la de mayor mortalidad) se lavaran las manos con una solución de hipoclorito de sodio después de hacerle las autopsias a las mujeres que morían por fiebre puerperal y antes de ayudar a las mujeres en el parto. Tal vez a todos ustedes esto hoy les parezca elemental. No, no lo fue en ese momento pues no crean que Semmelweis convenció inmediatamente al resto de los obstetras. Mire lo que opinaba de sus colegas en su famosa CARTA ABIERTA A TODOS LOS PROFESORES DE OBSTETRICIA: “Me habría gustado mucho que mi descubrimiento fuese de orden físico, porque se explique la luz como se explique no por eso deja de alumbrar, en nada depende de los físicos. Mi descubrimiento, ¡ay!, depende de los tocólogos. Y con esto ya está todo dicho… ¡Asesinos! llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. Contra ellos, me levanto como resuelto adversario, tal como debe uno alzarse contra los partidarios de un crimen! Para mí, no hay otra forma de tratarles que como asesinos. ¡Y todos los que tengan el corazón en su sitio pensarán como yo! No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias…” Ni que decir tiene que terminó mal y solo después de su precoz fallecimiento con 47 años la comunicad médica y científica le reconoció su extraordinaria aportación. De hecho cuando D José a su vuelta de Alemania comenzó a trabajar como obstetra en el Hospital Civil, enseguida su trabajo fue reconocido por unos y cuestionado por otros. Entre estos aquellos médicos que se resistían a aceptar las novedades. “Al fin y al cabo, decía uno de los críticos, “la única diferencia entre lo que hace el Dr. Gálvez y nosotros es que él se lava las manos antes de entrar en quirófano y nosotros después”.
Un comentario que conociendo la dramática historia de Senmelweis no sería nada sorprendente que de verdad hubiera ocurrido. Aun así en Málaga en aquella época hubieron personas e instituciones que mantuvieron un alto nivel de preocupación por lo que estaba ocurriendo en el mundo y que incluso contribuyeron con su imaginación y su esfuerzo a que el mundo fuese mejor.
En una ciudad y en una época en la que la Universidad no llegaría hasta los años setenta del siglo XX, hubieron instituciones como la Sociedad Malagueña de Ciencias (ahora Academia) creada en 1872, o la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo (1849) que incorporaron a numerosas personas interesadas y preocupadas por el conocimiento científico y por la creación artística, entre ellos el Dr. Gálvez entre médicos coetáneos de D. José que destacaron por su creatividad y compromiso.
Citaremos solo a D. Miguel Mérida Nicolich un oftalmólogo que a pesar de haberse quedado ciego pronto y morir joven fue no solo el inventor de la famosa abéñula sino que también ya en 1925 crea en Málaga el Instituto Municipal para Sordomudos y Ciegos, situado en la calle Gálvez Ginachero, junto al Hospital Civil, convirtiéndose en un referente y precursor a nivel europeo de la educación para niños invidentes y sordomudos.
Un centro cuyo nacimiento se vio impulsado por la inestimable ayuda del Dr. Gálvez como alcalde de Málaga.
En todo caso la mayoría de los médicos y científicos de los que hoy estamos hablando, incluido D. José, apenas alcanzaron a ver la época de los antibióticos, cuyo uso aun tardaría en generalizarse pues no fue hasta 1943 cuando se dispuso de la penicilina comercialmente, aunque sí vieron el progreso de otras ramas de la medicina, como la endocrinología de la que en España, el malagueño Gómez Ocaña para la fisiología experimental y Marañón para la endocrinología clínica fueron insignes predecesores.
Fue, en fin, la época en la que florece el método anatomoclinico, que en España adquiere toda su plenitud con figuras como la de D. Carlos Jiménez Díaz con la que D. José Gálvez mantuvo una estrecha amistad y relación profesional, hasta el punto de que cuando D. José tuvo el accidente cerebro vascular que terminó con su vida, Jiménez Díaz junto a otros colegas acudieron desde Madrid para visitarlo como médicos y amigos en un avión expresamente fletado por el Ministerio del Ejército.
Los médicos de principio de siglo estaban adiestrados en el reconocimiento clínico de las enfermedades, (el diagnóstico), pero en la época en la que el Dr. Gálvez comienza a ejercer la medicina en Málaga, carecían aun del caudal de conocimientos científicos que se producirían en los años venideros. Las teorías microbianas o no eran conocidas o eran ignoradas, la bioquímica y la anatomía patológica estaban en pañales y el arsenal terapéutica era aun por así decirlo “galénico”.
Ser médico en aquella época era una tarea heroica. Volvamos de nuevo a la biografía de D. José. El padre del Dr. Gálvez emigró en los principios del siglo XX desde Logroño a Málaga (de donde vino andando como correspondía a la época), comenzando a trabajar en la oficina de ferrocarriles de Málaga-Algeciras. Pronto gozó de la protección de Manuel Agustín Heredia y enseguida de su confianza, siendo nombrado apoderado de sus empresas. Su madre Carmen Ginachero Vulpìus era de Palma de Mallorca con ascendientes italianos y polacos. De este matrimonio nace D. José el año 1865 en el seno de una familia que gozó de la protección de los Heredia y de su nuera Doña Trinidad Grund, estudiando en el colegio de San Rafael primero y en el Instituto General y Técnico de segunda enseñanza de Málaga, terminando el bachillerato en el año 1882. En ese mismo año comienza la carrera de Medicina en Granada, con 16 años, terminándola en 1888 con veintidós años. Dos años después en 1890 culmina su estancia de doctorado en el Hospital de la Princesa de Madrid leyendo su tesis doctoral sobre “Parálisis laríngea”, para marcharse muy poco después al extranjero, tras conseguir una beca de estudios, primero a Paris y más tarde a Berlín entre los años 1890 y 1892. Es sin duda una gran decisión para aquel momento. Irse al extranjero entonces no es lo mismo que hacerlo hoy. Implicaba, desde luego, una voluntad de perfeccionamiento y una clara conciencia de las limitaciones que tenía en aquel momento la medicina española. Hace largas estancias en Alemania y en Francia, donde toma contacto directo con los descubrimientos de Pasteur y de Lister que habrían de revolucionar la medicina y la cirugía, pero sobre todo descubre una nueva manera de entender y de hacer la medicina, una distinta interpretación de la clínica, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento, y un distinto modo de trabajar. ¿Hubiera sido Gálvez el mismo médico si no hubiera tomado aquella decisión? Lo dudamos. Son sin duda estas estancias en el extranjero las que hacen de Gálvez otro médico, al incorporar el método anatomoclínico a la lógica clínica, así como los nuevos descubrimientos científicos, pero sobre todo, probablemente, la estancia en el extranjero le permitieron preparase intelectualmente para el gigantesco cambio científico y tecnológico que inundaría la medicina a lo largo del siglo XX y que entonces solo estaba comenzando. Esta necesidad de que los científicos españoles salieran de España para aprender la tenía ya Cajal muy claro siendo presidente de la JAE. Fue una obsesión suya hace salir a los jóvenes fuera de España. En marzo de 1913, Cajal le contesta por carta a Unamuno que le ha pedido previamente una recomendación para una beca al extranjero de un conocido suyo. En su respuesta, aparte de garantizarle la ayuda, escribe: “puede que en algunos puntos secundarios haya divergencias entre las ideas de usted y las mías sobre el plan de elevación intelectual de España: pero creo que en lo esencial coincidimos. Trabajamos en campos diferentes y por eso nos impresiona más aquella parte o sector de decadencia y atraso situado cerca de nosotros, o en la corriente de nuestros gustos. Somos en fin diversos pero complementarios. Lo mucho y exquisito que dice usted en su libro “Mi Religión”, lo suscribo yo por completo. Creo que España debe desarrollar su ingenio propio, su personalidad original, en arte, en literatura, en filosofía hasta en el modo de considerar la vida, pero en ciencia debemos internacionalizarnos. Hay escuelas filosóficas, literarias, artísticas, políticas; pero solo hay una ciencia, la cultivada desde Galileo a Pasteur y Claudio Bernard…”.
Un Cajal que en las antípodas políticas de D. José (Cajal fue laico, descreído y masón) mantuvo como él una integridad ejemplar. Podríamos poner muchos ejemplos, limitándonos a uno: Siendo presidente de la Junta de Ampliación de Estudios envió al extranjero a su hijo Jorge, investigador como él, pagando los gastos de su bolsillo. Preguntado sobre por qué no le había pensionado con una beca, como era habitual, y más siendo su hijo, Cajal respondió: «Por eso mismo, por ser mi hijo».
Quizás fue la integridad lo que definió mejor a todos estos egregios compañeros de viaje que hoy acompañan en este texto a D. José D. José. Y es este legado, el de su ejemplaridad, el de la coherencia como virtud, cualesquiera que fuesen sus posiciones políticas o ideológicas una de las razones porque las que no debemos olvidarlos.
Ya de vuelta a Málaga el Dr. Gálvez, con el prestigio de su estancia en el extranjero y por la influencia de personas que lo habían conocido en Alemania como el político antequerano Romero Robledo, es nombrado el 27 de Noviembre de 1893, médico de Obstetricia y Ginecología sin sueldo del Hospital Civil provincial, que se convertiría en su segunda casa y donde pasaría los 58 años siguientes de su vida. El Hospital Civil tal como es hoy inició su andadura en 1872, ampliándose en 1885 y fue construido ya como un hospital moderno siguiendo la influencia de la arquitectura hospitalaria francesa muy parecido al Hospital de la Princesa en Madrid que a su vez se había inspirado en el Hospital Larivoisier de Paris.
Comienza ahora su verdadera carrera profesional y el comienzo de la creación de un servicio de Obstetricia modélico. Como recuerda Guillermo García Herrera, “fueron aquellos años heroicos de la implantación del Servicio de Obstetricia y Ginecología en los tiempos del alumbrado por quinqué de petróleo o candiles de aceite y en los que la comadrona que hasta entonces asistía a los partos seccionaba el cordón umbilical con la misma tijera con la que cortaba la mecha del candil”. Años en los que encontró a colegas que le apoyaron y aceptaron las novedades que traía de fuera pero también otros, que como los que hemos contado antes sobre el lavado preoperatorio de las manos no vieron en su competencia y en su creciente fama sino un motivo de recelos y de envidia. Dos años después en 1895 consigue por oposición la plaza de Cirujano del Hospital Provincial, por un tribunal que tuvo que esperar al opositor pues en el justo momento del examen tuvo que acudir urgentemente a asistir a una grave hemorragia post aborto. Y esta anécdota con la que comienza su vida profesional refleja lo que sería ya el resto de su vida. Una vida de absoluta dedicación a la medicina.
El Dr. Gálvez fue un gran clínico. La medicina clínica es una ciencia aplicada y el Dr. Gálvez fue sobre todo un médico práctico que intenta resolver los problemas diarios de las personas que depositaban en él la confianza de su mejoría o de su curación. Un médico que supo estar al día y aplicar una lógica, – que solo más tarde aplicada a la clínica también se consideraría científica,- a su quehacer médico, lo que le permitió, sobre todo aprender de sus errores. Un médico que siguió a pie juntillas los consejos de Hipócrates y que se aferró hasta el último minuto al modelo médico tradicional. Un médico que murió en fin en su tiempo pues ese modelo hoy ha desaparecido, en algunos casos para bien y en otros no tanto.
De su dedicación a la medicina han quedado las historias clínicas, el más preciado documento de un médico. Solo en el Hospital Provincial los libros de registro muestran a más de 150.000 mujeres asistidas durante su vida profesional activa. Si a esto unimos unas 75.000 de su consulta privada y del Hospital Noble más los que pudo asistir en sus estancias en la casa de Salud de Santa Cristina en Madrid, el número total de pacientes que D. José pudo ver en su vida profesional podrían estar alrededor de 240.000, lo que supone una media de unos 10 pacientes diarios a lo largo de cincuenta años de vida profesional. “No creo que muchos médicos puedan batir este record, pero sobre todo no creo que muchos médicos puedan haber dejado constancia por escrito en historias clínicas de su puño y letra toda su experiencia clínica”, dice de él Gustavo García Herrera.
Y es a través de sus historias clínicas la mejor manera de conocer la dimensión médica de D. José Gálvez. Todavía los clínicos de mi generación sabemos del valor de la historia clínica. La historia clínica es una patobiografía del paciente en la que el médico recoge e interpreta los signos y los síntomas que le permiten luego hacer un juicio clínico y un tratamiento adecuado. No es la historia del paciente. Es la historia del paciente reinterpretada por el médico. Como en cualquier otro procedimiento en el que se intenta averiguar la verdad, la naturaleza de las preguntas es la clave. Saber preguntar implica saber sobre lo que se pregunta, por eso un médico ignorante nunca podrá hacer un adecuado interrogatorio, una adecuada historia clínica. Don José tenía fama de lacónico, pero no lo era en la información que recogía. Por otro lado una buena historia clínica no es una historia larga sino una historia en la que está lo que debe estar. Lo demás sobra, pues un acto (clínico o no) es más inteligente cuando es capaz de tomar decisiones acertadas con la menor cantidad de información posible. Pero no solo escribe historias clínicas sino que las reescribe a posteriori cuando por la urgencia no es posible hacerlo, como es este caso en el que fue llamado a una casa, el día 6 de diciembre de 1896: a las siete de la tarde: “vi a la enferma en su domicilio, calle Haza Alta n1 3, en un inmundo cuartucho y en una cama más inmunda todavía. Exhalaba su aparato genital un olor putrefacto repugnante; tenía bastante fiebre y se encontraba en estado comatoso, sin dar señal ninguna de relaciones con el mundo exterior. Sin otra pérdida de tiempo que la necesaria para preparar los precisos artefactos, procedí en el mismo domicilio de la enferma y con ayuda de los doctores Espejo y Rodríguez del Pino a raspar el útero”. Se envía una vez terminada la maniobra al hospital de donde sale curada a los veintiún días16.
En otras ocasiones deja constancia de las dificultades que había tenido a la hora de tomar la decisión: Se trata de un caso de un fibroma uterino al que practica una histerectomía. El 4 de septiembre de 1894, escribe…”el tumorcillo estaba fuertemente adherido y con una base bastante ancha. Después de repetidas tentativas largas e infructuosas me apercibí con horror que se había perforado la matriz. En vista de ello me decidí a practicar la histerectomía aplicando pinzas de Pean. Así lo hice sin gran dificultad. (…El 27, de Julio de 1894 alta por curación).
En este otro caso D. José deja constancia por escrito una reflexión crítica. Es el año 1896, una mujer ingresa con un síndrome avanzado de oclusión intestinal de varias semanas de evolución y muy mal estado general. Decide intervenir. Hace un ano contra natura y otras intervenciones para liberar la oclusión. A los 11 días fallece la enferma por peritonitis. El propio Don José le hace la autopsia. Tras varios comentarios sobre la necropsia en la historia deja constancia de una “Reflexión”: “Este caso con su lamentable estado postoperatorio me sugiere la idea de no recurrir a igual procedimiento en casos análogos, sino emplear de preferencia la anastomosis intestinal”.
Por último no podemos dejar de contar aquí que el Dr. Gálvez fue uno de los primeros cirujanos en practicar una cesárea post mortem. Ocurrió el 17 de julio de 1898. Había ingresado en el Hospital una mujer de 28 años, llamada María González Gálvez. Tras morir esta, le practicó una cesárea y nació una niña. La pequeña, María del Carmen Enriqueta, fue pronto llamada “la niña de la ciencia” y fue bautizada por el entonces Obispo de Málaga, Juan Muñoz Herrera y apadrinada por el propio José Gálvez Ginachero (FIGURA 7),
Podría seguir contándoles más historias, muchas de ellas recogidas en el libro de Guillermo García Herrera. En la mayoría encontramos el mismo patrón. Una recogida precisa de la información, un diagnóstico, una decisión médica o quirúrgica, en algunos casos en el que la paciente ha fallecido la práctica de la autopsia y en muchas ocasiones, especialmente en aquellos casos que no han ido bien, se añade una reflexión crítica de los procedimientos seguidos.
Es el método anatomo-clínico llevado a la práctica diaria, aprendido seguramente en su estancia en Francia o en Paris, método que se haría canónico en todas las facultades de medicina y que compartiría con amigos como D. Carlos Jiménez Díaz.
Hoy podemos decir que D José fue un prototipo de médico a caballo entre el XIX y el XX, un periodo en el que la medicina científica no acaba de instalarse y en el que el modelo tradicional que ahora llamamos hipocrático no acaba de desaparecer. Faltaba aun algunos años para que los sistemas de beneficencia asistencial desaparecieran sustituidos por los sistemas sanitarios públicos, para que la protección y la asistencia médica dejaran de ser un acto de caridad y se convirtieran en un derecho de los ciudadanos, para que el razonamiento clínico, las matemáticas de la probabilidad y el pensamiento estocástico sustituyera al pensamiento patognomónico y para que la nueva bioética, de corte anglosajón, sustituyera al menos parcialmente a la ética hipocrática.Todo esto ocurriría después de la segunda guerra mundial cuando ya D. José se había jubilado con setenta años que era entonces la edad de jubilación, aunque él siguiera trabajando hasta el final de su vida.
D. José fue un médico práctico dedicado a resolver los problemas clínicos diarios, desde los más pequeños a los más enrevesados. Hoy no sería considerado un científico. Dio algunas conferencias, no muchas, y publicó algunos artículos, pocos, en la prensa médica local y española, uno de los cuales sobre el tratamiento con radio del cáncer de útero, generó una ceñuda controversia con el Dr. Vital Aza un reconocido ginecólogo madrileño de su época. Fue miembro de la Sociedad de Ciencias de Málaga (Actualmente Academia Malagueña de Ciencias)19 así como de la Academia de San Telmo, aunque no hay constancia de que participara ni contribuyera de manera relevante en ambas. Tampoco, salvo sus historias clínicas y alguna publicación, no dejó testimonios de alguna innovación teórica o práctica de su dilatada experiencia. Sin embargo gozó de una extraordinaria reputación no solo en Málaga sino entre la comunidad médica del resto del país. La medicina es una ciencia aplicada que se justifica por su credibilidad además de por los criterios de contrastación del modelo experimental. Bertrand Russel lo tenía muy claro:.. un médico que aconseja un régimen lo hará después de tomar en cuenta todo lo que la ciencia tiene que decir en el asunto; pero el hombre que sigue su consejo no puede detenerse a comprobarlo y está obligado por consiguiente a confiar no en la ciencia sino en la creencia de que su médico es un científico…20.
D. José Gálvez fue un científico porque siguió de forma rigurosa el método inductivo, que para Francis Bacon era el modelo canónico de la ciencia. La acumulación de observaciones, de hechos, de experiencias que por repetición terminarían conduciendo a una teoría formal que explicara la realidad. Pocos como el Dr. Gálvez acumularon tal grado de experiencia. Su tarjeta de presentación como científico está en las miles de historias clínicas hechas por su puño y letra en las que, una tras otra, iba acumulando esa experiencia tan preciada para Francis Bacon, pero también el Dr. Gálvez utilizó el método de ensayo y error, como deja constancia una y otra vez en sus historias, un método que más tarde se llamaría hipotético deductivo y que se convertiría en la base del diagnostico diferencial. Desde luego no fue un médico científico a la manera en la que hoy lo entenderíamos. Era un clínico que vivió en su propia biografía la difícil convivencia entre la lógica clínica, decisionista e inductivista y la lógica científica, de raíz hipotético-deductiva y falsacionista, que es un asunto del que nos hemos ocupado en varias ocasiones21. Un clínico que dejó un gran legado basado no en los conocimientos que generó en forma de documentos sino por su ejemplaridad, una cuestión sobre la que volveremos dentro de un momento.
Quisiéramos para ir terminando hacer unos comentarios sobre su compromiso público, intentando centrarnos en su compromiso con el mundo de la salud. Hubo unos momentos en su vida en la que no supo decir que no. No supo decir que no al nombramiento de Alcalde de Málaga cargo que ocupó entre 1923 y 1926 cuando la dictadura de Primo de Rivera22, no supo decir que no a la presidencia del Colegio de Médicos entre 1921 y 1927, ni tampoco a la dirección del Hospital Noble, ni a la del Hospital Civil (entre 1923 hasta 1952 año de su muerte con la interrupción del periodo de la República) ni supo decir que no a la oferta de consiliario segundo de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo (1922-1931) ni desde luego a la dirección de Santa Cristina de Madrid (1924-1929), de la que haremos algún comentario después23. Lo sorprendente del caso es que hubo años en los que prácticamente ocupó todos estos cargos al mismo tiempo. Hay pocas dudas de que D. José, un hombre bien conocido por su conservadurismo, acendrada religiosidad y prestigio profesional, se convirtió en aquel periodo crítico de la historia política y social en un personaje imprescindible (y no solo) para Málaga. De hecho el reglamento de la Casa de Salud de Santa Cristina exigía al director residir en el propio centro cosa que era imposible pues Gálvez ocupaba ya la alcaldía de Málaga razón por la que el propio Rey Alfonso XIII, mediante una real orden (25 de diciembre de 1928) dispuso que mientras estuviese presidiendo el Ayuntamiento de Málaga se le guardase el puesto.

El hecho es que dimitió en 1926 de la Alcaldía y no debió de terminar muy bien en el Colegio de Médicos de cuya presidencia también cesó en 1927. En todo caso, como bien recuerda Guillermo García Herrera en su libro, no hay constancia de que hiciera ni un solo comentario a las ofensas (en el caso del Colegio de Médicos lo fueron y muy claras) ni tuvo una palabra de censura para sus detractores.
Ni sus mejores biógrafos aciertan a dar una explicación de la aceptación y compatibilización de estos múltiples cargos que no parecían compadecerse con la personalidad y dedicación a la medicina de D. José26.
En la época en la que el Dr. Gálvez desarrolló su vida profesional la medicina social estaba solo comenzando. Es muy probable que Gálvez conociera los esfuerzos que uno de los más influyente médicos y científicos alemanes, Rudolf Wirchow estaba haciendo por ampliar el horizonte de la medicina y que queda resumida en su famosa sentencia: “La medicina es una ciencia social y la política no es más que medicina en una escala más amplia”, tesis que Virchow propuso en 1889 a la Sociedad Berlinesa de Médicos y Cirujanos. Nacía así formalmente la medicina social que poco a poco se extendería por toda Europa dando lugar más tarde a la creación de los llamados Estados de Bienestar. Frente al beneficentismo basado en la caridad surgía una nueva manera de ver la salud como lo que solo más tarde ya con Alma Ata se convertiría en un derecho humano. En España esta idea de la relación entre política y salud no fue planteada hasta la llegada de la República y fracasó con ella, aunque ya médicos como Marañón comenzaban a tomar conciencia de su importancia como puso de manifiesto con su preocupación por la situación de las Hurdes que culminó con el famoso viaje, por el organizado, de Alfonso XIII, en el año 1922 a la región hurdana (FIGURA 8). D. José tenia, y de esto no cabe duda, una aguda conciencia moral, que satisfizo a través del modelo que estaba dentro de sus valores. Un modelo de beneficencia y caritativo que ponía en práctica en su quehacer diario como clínico y que dejó plasmado en la creación de un servicio de Obstetricia y Ginecología moderno para su época en el Hospital Civil y, sobre todo, con la creación de la Casa de Salud de Santa Cristina en Madrid, el actual Hospital Universitario Santa Cristina de la CCAA de Madrid27 (FIGURA 9). En el año 1949 el Dr. Orengo Díaz del Castillo le pide al Dr. Gálvez (ya con ochenta y dos años) el prólogo de un libro que había escrito titulado Obstetricia para matronas. En el prólogo Gálvez escribe parte de esta historia, pero con su habitual modestia no dice en ningún momento que aquel Hospital fue obra suya, como lo fue la creación allí de la primera Escuela Especial de Matronas de España, algo
26 Gustavo Garcia Herrera (ibiden)
27 Aunque el Hospital entonces llamado Casa de Salud de Santa Cristina fuese inaugurado en 1924 su gestación se hizo durante años. En Madrid había una Junta de Damas de Honor y Mérito, protectoras de una Inclusa (un refugio para mujeres embarazadas solteras) en tan mal estado y cuyas estadísticas de morbilidad y mortalidad sobre todo de fiebre puerperal eran aterradoras, que aquellas Damas solicitaron la intercepción de la Reina Doña María Cristina para su reforma que terminó después de numerosas colectas en la propuesta de construcción de un nuevo edificio en la Calle O´Donnell, cuya primera piedra fue colocada por el propio Rey Alfonso XII en el año 2004, aunque no fuese inaugurado hasta 20 años después (1924)
absolutamente necesario, que se convertiría en Escuela Oficial de Matronas desde el año 1932, poniendo en marcha institucionalmente la experiencia que había adquirido en la formación de matronas en el Hospital Civil (FIGURA 10). Pero de este reconocimiento se encargaron agradecidos los sucesivos directores, como el Dr. Bourkaib, de la Casa de Salud de Santa Cristina quien en los documentos en los que se recogen las intervenciones con motivo de su ochenta aniversario reconoce en repetidas ocasiones que solo gracias al tesón, trabajo e influencia del Dr. Gálvez la Casa de Salud y la Escuela de Matrona llegó a ser una realidad28. Cómo llegó la fama del Dr. Gálvez a la corte, cómo llegó a tener tanta influencia y reconocimiento entre las familias adineradas y cortesanas de Madrid, es algo en lo que no podemos ahora entrar pero que sin duda se explica por los estrechos lazos que la familia Gálvez fueron tejiendo con la alta burguesía malagueña muy bien posicionada en Madrid.
Conclusiones;
¿Podemos llegar a alguna conclusión de todo lo dicho hasta ahora sobre el Dr. Gálvez? La vida de D. José Gálvez fue una vida muy humana, esa es su grandeza. Algunos querrán atribuirle sus meritos a su inquebrantable fe en Dios, a su religiosidad meticulosa y a su fidelidad a la Iglesia católica, de la que dio mil muestras a lo largo de su vida. Sí, la vida de D. José no se explica sin todo ello, pero a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar, pues Dios no es responsable de nada, ni de lo bueno de un hombre como tampoco a nadie se le ocurre achacarle a Dios sus maldades y sus miserias. Porque la vida del Dr. Gálvez fue, más allá de sus creencias, el resultado de una pasión por la medicina, de una vocación se llamaba antes, de una decidida idea de la medicina como servicio y como sacerdocio y una muestra de lo que más tarde se llamaría ética de la responsabilidad. Hizo lo que creyó que debía hacer y lo hizo bien. Estudió Medicina y aunque los hagiógrafos dicen que fue por influencia de su madre, la decisión la tomó él. Tuvo una familia que le permitió estudiar la carrera pero la decisión de irse a Francia y Alemania a ampliar estudios fue suya. Tuvo un gran apoyo de la oligarquía social y política de Málaga pero solo por el gran prestigio profesional que había adquirido en su trabajo diario en el Hospital. Gozó del apoyo, incluso de la Reina Cristina, pero la idea y el empeño de hacer una Escuela de Matronas en Madrid, que era lo más urgente de ese momento fueron también suyas. Se puso al servicio de las dos dictaduras, la de Primo de Rivera como alcalde y la de Franco asumiendo de nuevo la dirección del Hospital Civil, pero resulta fácil juzgar desde los parámetros actuales las decisiones de personas que tuvieron que vivir uno de los periodos más trágicos de la historia de España. En esta conferencia nos hemos limitado a valorar su trabajo como médico, su vocación de servicio, su obra. Y su obra ha quedado para quien quiera reconocerlo.
Quisiera para terminar contar una historia que tiene que ver con mi abuelo médico (FIGURA 11) al que he citado al principio. Mi abuelo Carlos era médico en Cabra. Como Gálvez había nacido en el siglo XIX pero era unos veinte años más joven que él. Comenzó a ejercer sobre los años en los que el prestigio del Dr. Gálvez comenzaba a ser reconocido incluso fuera de Málaga. Por razones de salud familiares mi abuelo pasaba largas temporadas en Málaga, donde incluso llegó a comprarse un chalet en el paseo de Reding. Trabó relación y amistad con Gálvez acudiendo regularme al Hospital Civil donde compartía su experiencia. Muchos días mi madre, que nos acompaña hoy en este acto, y que en esa época debía tener unos seis o siete años, le acompañaba al hospital. Mientras mi abuelo trabajaba con Gálvez, mi madre me ha contado que con el beneplácito de su padre, mi abuelo, el Dr. Gálvez le encomendaba la tarea de ponerle el chupete a los niños y entretener a las parturientas. Había entonces áreas dedicadas a personas pudientes y otras pobres. Un día el Dr. Gálvez le dijo que entretuviera a una mujer que acaba de dar a luz en la zona de los pobres. Mi madre recuerda a aquel niño oscuro y moreno al que la madre tenía envuelto en una toalla. Había estado los días previos acompañando a las parturientas de la zona en la que ingresaban las jóvenes de la burguesía y clases medias locales que vestían a sus niños recién nacidos con ropa de hilo y bordados. Mi madre con la ingenuidad de una niña de seis o siete años le preguntó a aquella mujer que porqué su niño estaba desnudo y ella le dijo que porque no tenía dinero para comprarle ropa. Mi madre recuerda que aquella niña que era ella hace 90 años, al día siguiente se presentó en la habitación de aquella .mujer con la ropa de todas sus muñecas. Pero lo que mi madre no ha olvidado es que fue allí, donde por primera vez, sintió dolorosamente la injusticia de tanta desigualdad y está convencida que el Dr. Gálvez, con la anuencia de mi abuelo, su padre, se la hicieron ver a conciencia. Mi madre es una mujer religiosa y agradecida y cuando se enteró por mí de que se estaba incoando el proceso de beatificación del Dr. Gálvez, llamó a D José Sánchez Luque, que fue capellán del Hospital Civil y ahora jubilado, un hombre admirable y muy querido, al que conoció a través mía, para contarle primero y enviarle por carta después, esta historia de su infancia, por si podía contribuir modestamente en el proceso de beatificación.
Y termino. La primera mitad del siglo XX fueron años muy difíciles para España. Tras el 98 España no había sido capaz de incorporarse a la estela de las tres grandes revoluciones, la británica, la francesa y la americana que metieron a los grandes países de Occidente en la modernidad. Pero fue una época extraordinaria en la que florecieron grandes hombres y mujeres que a título casi individual mantuvieron la llama sagrada de la cultura, de la ciencia, de la medicina, con la esperanza de que las generaciones que vinieran detrás pudieran sacar a nuestro país del atraso moral, social y político en el que había caído. Unos eran progresistas como Gómez Ocaña, otros masones como Cajal,
prototipo de un santo laico, otros liberales como Marañón, otros comunistas como Juan Negrin, otros muy religiosos como el Dr. Gálvez y otros en fin simplemente conservadores como Jiménez Díaz o mi abuelo Carlos Escofet, pero todos dejaron la huella de su trabajo ejemplar, que es lo que importa, pues de las ideas lo único que queda son los hechos, las obras. Unas obras ejemplares, como muy bien ha recordado recientemente en su tetralogía sobre la ejemplaridad el filósofo Javier Gomá, que son lo único que garantiza y da sentido a la trascendencia de una vida, esa trascendencia de la obra del Dr. Gálvez que ha llegado hasta aquí, hoy en este acto conmemorativo en el Salón de Actos de este viejo Hospital que fue también, en algunos momentos de su vida literalmente, la segunda casa de D. José.
Muchas gracias.

Dr. Federico J.C-Soriguer Escofet
Médico. Miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias