LA CELEBRACIÓN DE SANTA LUISA EN TIEMPO DE PANDEMIA

(Por su interés reproducimos el presente artículo del
P. Corpus Juan Delgado Rubio C.M.)

La celebración de la fiesta de Santa Luisa nos encuentra este año recogidos cada uno en nuestras casas, asumiendo con responsabilidad las orientaciones de protección y cuidados ante la crisis provocada por la pandemia del coronavirus.

1.- Un sufrimiento que nos estremece

Los datos que vamos conociendo sobre los efectos provocados por la pandemia nos sobrecogen: se cuentan por miles las personas que han muerto a consecuencia de este virus desconocido; el dolor por la muerte de las personas queridas se incrementa con la imposibilidad de despedirlas y encontrarse con familiares y amigos; la celebración de los funerales ha quedado aplazada y los procesos de duelo incompletos; nos estremecen los pronósticos sobre caída de empleo y recesión económica que sucederán a la crisis sanitaria; la pandemia y sus efectos alcanzan geográficamente al mundo entero, a todo tipo de personas y comprometerán el futuro de todos los pueblos y del orden internacional; y sobre los más pobres son exponencialmente más graves cada uno de los efectos provocados por la pandemia.

Santa Luisa de Marillac y San Vicente de Paúl conocieron en su tiempo situaciones de pandemia, de sufrimiento y de muerte. A la subalimentación crónica en la que vivía la mayor parte de la población, se unían las guerras, casi ininterrumpidas en distintas regiones de Francia, y la peste que reducía sensiblemente el número de habitantes. A lo largo del siglo en que vivieron San Vicente y Santa Luisa, a pesar del elevado índice de natalidad, la población total no se incrementó debido a la mortalidad ocasionada por la peste, el hambre y las guerras: la peste es fruto otoñal de malas cosechas en primavera; y da lugar al éxodo de campesinos hacia las ciudades, propiciando el surgimiento de revueltas y guerras; las guerras, a su vez, dificultan la producción y distribución de alimentos que dan paso a las hambrunas.

El 24 de julio de 1655, San Vicente de Paúl comunica en la repetición de oración su comprensión del sufrimiento que viven las víctimas de estas crisis recurrentes:

Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima, hemos tenido tanta miseria en el corazón de Francia, donde los víveres abundaban por doquier, ¡qué harán esas pobres gentes de la frontera, que llevan sufriendo esas miserias desde hace veinte años! Sí, hace veinte años que están continuamente en guerra; si siembran, no están seguros de poder cosechar; vienen los ejércitos y lo saquean y lo roban todo; lo que no han robado los soldados, los alguaciles lo toman y se lo llevan. Después de todo esto, ¿qué hacer? ¿qué pasará? No queda más que morir (SVP XI, 120).

¿Qué hacer? Es la pregunta emocionada que se hacía Vicente de Paúl y es también la cuestión que todos nosotros, miembros de la Familia Vicenciana, en comunión con las comunidades cristianas de cada lugar, nos planteamos.

La experiencia de Santa Luisa de Marillac, comprometida en el servicio a los pobres y siempre atenta al sentir de la Iglesia, puede ayudarnos a encontrar caminos de compromiso para con las personas, grupos y pueblos que sufren hoy y en el próximo futuro las consecuencias de la pandemia.

2.- Una carta de ayer que podemos releer hoy

Encontramos en la correspondencia de Santa Luisa de Marillac varias cartas dirigidas a Sor Bárbara Angiboust. Entre las que le dirigió a Brienne, a donde había sido enviada para atender a las víctimas de las guerras, encontramos la escrita el 11 de junio de 1652, que transcribo casi por completo (C. 410):

… En nombre de Dios, queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por pensar que no tienen más consuelo que el de Dios. ¡Ah! si supiéramos los secretos de Dios cuando nos pone en tal estado, veríamos que debería ser éste el tiempo de nuestros mayores consuelos. ¡Pues qué! Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también… Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz.

Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros (Señores) y Amos… Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes, démosle gracias por ello, y estemos persuadidas de que es sólo su misericordia, sin ningún otro mérito…

El señor Vicente, nuestro muy Honorable Padre, y el señor Portail están bien de salud gracias a Dios, y también todas nuestras queridas hermanas. La mayoría de las de los alrededores de París se han visto obligadas a refugiarse, pero gracias a Nuestro Señor no han recibido ningún daño ni disgusto hasta ahora.

… Lo que Dios pide actualmente de ustedes, queridas Hermanas, es una gran unión y tolerancia mutua, y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humildad; que lo que ocurra entre ustedes, no salga más allá, para que sirvan de edificación a todo el mundo. Le ruego, Sor Bárbara, que como ya tiene usted edad y está gastada, si ve que Sor Juana tiene demasiado trabajo, sin que usted pueda aliviarla, le busque ayuda, porque ahora no podemos mandársela. Nos vemos obligadas a hacer lo mismo en esta ciudad, donde hay parroquias en las que se cuentan cinco mil pobres, a los que se les da la sopa. En nuestra parroquia damos a dos mil, sin contar los enfermos…

La lectura de esta carta hace aflorar en nosotros espontáneamente expresiones que durante las últimas semanas hemos pronunciado o escuchado y que, si es posible, podríamos comentar en nuestro grupo o comunidad.

Subrayemos algunas de estas expresiones y tratemos de descubrir en ellas sugerencias para nuestro compromiso.

3.- Nuestro compromiso a la luz de la experiencia de Santa Luisa

Escribe Santa Luisa “Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer… Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo y permanezcan en paz“.

La magnitud de los efectos de la pandemia, como nos ha recordado el Papa y como afirman cuantos han escrito sobre el tema en estos días, supera las fuerzas de una familia, de un municipio, de un país o de un continente. Requiere la participación y el compromiso de todos y cada uno.

Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5) (Francisco. Un plan para resucitar).

Voy a intentar en estas páginas formular algunas propuestas para nuestro compromiso como Familia Vicenciana a la luz de la experiencia de Santa Luisa de Marillac.

            3.1.- Com-padecer e interceder

Afirma Santa Luisa: Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también…

Los miembros de la Familia Vicenciana sabemos de la importancia que tiene, para todo servicio, conocer de cerca el sufrimiento de nuestros hermanos, con nuestros propios ojos. No con la mirada del estudio sociológico, económico o demográfico, sino con la mirada del buen samaritano, que no puede continuar impasible su propio camino.

El Papa Francisco nos ha invitado en varias ocasiones a ponernos de rodillas ante los hermanos que sufren: contemplar al que sufre, estando nosotros de rodillas, nos ofrece la perspectiva adecuada para llegar a padecer con él, com-padecer.

Como creyentes, nuestro com-padecer se eleva hacia Dios, que ve y conoce también el sufrimiento, y se hace intercesión. La intercesión es el primer servicio que podemos prestar a cuantos sufren las consecuencias de la pandemia. Y es el servicio que no podemos dejar de prestar, ya que está al alcance de todo creyente, sea cual sea la situación de salud, edad, lugar o condición.

Com-padecer implica también, para los miembros de la Familia Vicenciana, participar de alguna forma en el sufrimiento de las víctimas. Afirma Santa Luisa: Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo. Muchos de nosotros participamos en nuestra propia familia o comunidad, entre nuestros allegados, de las consecuencias de la pandemia. Pero todos hemos de exigirnos alguna participación solidaria con quienes sufren directamente a causa de esta crisis: renunciando no sólo a lo superfluo sino a parte de lo necesario para contribuir a que quienes lo han perdido todo puedan encontrar mejores condiciones de vida. Y es que, como advierte Santa Luisa, no sería coherente que viviéramos en la abundancia y en la comodidad viendo sufrir tanto a nuestros (Señores) y Amos…

3.2.- Cercanía, acogida, escucha, ternura

La complejidad de las dimensiones de la crisis provocada por el coronavirus va a exigir la adopción de medidas de gran envergadura, a nivel internacional y a nivel local. Pero exige igualmente cercanía, capacidad de acogida y de escucha, con el bálsamo de la ternura.

Afirma Santa Luisa que el tiempo de grandes sufrimientos puede llegar a ser el tiempo de nuestros mayores consuelos.

Para los miembros de la Familia Vicenciana, la cercanía, la acogida, la escucha, la ternura… son disposiciones largamente experimentadas en el servicio a los pobres. Los sufrimientos derivados de la pandemia requieren sin duda una intensificación de estas actitudes, porque las llagas a curar son más profundas y el dolor más persistente.

Santa Luisa de Marillac vivió la cercanía, la acogida, la escucha, la ternura con las personas que fue encontrando en su camino: con su esposo y con su hijo, en primer lugar; con las jóvenes y niñas en la escuela; con las Hijas de la Caridad; especialmente, con los pobres a los que sirvió personalmente en la cárcel, en las parroquias, en las distintas formas de desvalimiento de su tiempo.

3.3.- Práctica del cuidado y atención integral a cada persona

Desde las intuiciones de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, la persona y su cuidado integral (corporal y espiritual, en su lenguaje) ocupan el centro de la misión de cada cristiano, y específicamente de los miembros de la Familia Vicenciana.

Hoy se utiliza la expresión “práctica del cuidado” para describir el conjunto de atenciones que requiere la persona: sanitaria, psicológica, humana, espiritual, familiar, sacramental… La perspectiva del cambio sistémico resume en el término “holístico” la totalidad de las dimensiones que han de ser contempladas en la promoción de las personas, de los pueblos y de la transformación de la realidad global para un mundo nuevo justo y equitativo.

El Papa Francisco, en su plan para resucitar, retoma el concepto de civilización del amor:

La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos.

Compromiso de todos y atención integral a toda persona guiaron la vida de Santa Luisa de Marillac. En colaboración con San Vicente de Paúl, animó y acompañó a diversos grupos de personas, especialmente mujeres, en campos y ciudades para que se implicaran en el servicio de los pobres. Y la atención corporal y espiritual están presentes en todas las obras que emprendió y en los reglamentos que escribió para su funcionamiento.

3.4.- Colaboración con personas, grupos e instituciones                  

Hacer frente a las enormes consecuencias derivadas de la pandemia sólo será posible desde una colaboración de instituciones públicas y privadas, de los diversos grupos sociales y asociaciones y de todas las personas.

Hoy, más que nunca, la colaboración de los grupos de la Familia Vicenciana y la colaboración en la Iglesia y como Iglesia con otros grupos y asociaciones, y no el heroísmo altruista de solitarios intrépidos, podrá hacer visibles los signos del Reino de Dios en medio del mundo sacudido por la pandemia.

La tradición vicenciana está llena de buenas prácticas de colaboración a todos los niveles. La Iglesia nos invita hoy a sumar nuestras fuerzas y recursos, cada uno según nuestras posibilidades. Santa Luisa recuerda a las Hermanas de Brienne: hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz. Y pide a Sor Bárbara que busque ayuda de otras personas, ya que el trabajo en el servicio a los pobres es superior a sus fuerzas.

3.5.- La esperanza más fuerte que la muerte

El Papa Francisco, al proponernos su plan para resucitar, aborda la crisis de esperanza que acompaña a la crisis provocada por la pandemia:

Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza.

Santa Luisa de Marillac, cuando escribía a sus Hermanas, las motivaba para superar sus debilidades con la invitación a contemplar a Jesucristo, el Señor Crucificado, que es también el Señor Resucitado, el Señor de la Caridad, que invita: “aprended de mí” y también “venid, benditos de mi Padre…

Añade el Papa Francisco:

Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo incluso la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo”. Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada.

Los seguidores de Cristo, el Señor Resucitado, no podemos resignarnos ante las situaciones de pobreza ni acostumbrarnos a ellas, ni mucho menos justificarlas con reflexiones fatalistas (“siempre ha habido pobres y siempre los habrá”… “el mundo es como es”…). Nos corresponde ser instrumentos de esperanza: promover la vida, la dignidad de las personas, brindar motivos para la superación, abrir sendas para una nueva justicia y fraternidad.

Como concluye el Papa Francisco:

En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.

Conclusión

En su carta a las Hermanas de Brienne, Santa Luisa les recuerda que en las circunstancias que están viviendo de tanto dolor y sufrimiento a su alrededor, lo más importante es vivir su vocación con autenticidad: Lo que Dios pide actualmente de ustedes, queridas Hermanas, es una gran unión y tolerancia mutua, y que trabajen juntas en la obra de Dios, con gran mansedumbre y humildad.

Cada uno de nosotros, miembros de la Familia Vicenciana, hemos abrazado nuestra vocación en respuesta a la llamada de Dios. Nuestra vocación comporta una forma de vida, con sus virtudes propias y características. Somos conscientes de la actualidad de nuestra misión al servicio de los pobres y la urgencia de responder a quienes sufren los efectos de la pandemia. ¡Vivamos con autenticidad lo que somos! ¡Actualicemos la radicalidad de nuestro compromiso con Dios en el trabajo con los pobres y por los pobres, por los que más sufren hoy!

Luisa de Marillac, mujer comprometida, transparencia de Dios, muy cerca del que sufre: tus huellas nos inspiran (Himno en su honor).

Corpus Juan Delgado, c.m.
Celebración de Santa Luisa 2020

El doctor Gálvez, el miedo y el deber

(publicado en Diocesis de Malaga. 08/04/2020: 1130)
El Dr. Gálvez con algunos de sus nietos
 

Todos tenemos miedo. Hobbes decía de sí mismo: “Mi querida madre dio a luz gemelos: a mí y al miedo”. Es una afirmación universal, general, en la que no caben excepciones, salvo por peligrosas patologías.

¿Qué mejor prueba que las duras y esperanzadoras imágenes de enfermeros y auxiliares exhaustos, monjas con mascarilla llevando comida a los pobres, o capellanes sanitarios voluntarios?

La panoplia de temores puede ser incalculable. Puedo padecer miedos innatos o sufrir miedos adquiridos. Puedo temer a la oscuridad o a las cucarachas, al fuego o a la muerte, a hablar en público o a contraer el COVID-19. Y los grados, infinitos, desde una ligera inquietud hasta un pánico paralizante. Depende de cada cual, y de la circunstancia de cada cual, pues siempre hay un polo subjetivo (yo) y un polo objetivo (lo que me atemoriza): todo bascula en función de mi percepción del peligro (o de lo que considero como tal) y del bagaje de recursos de los que dispongo (aquí sería menos metafórico hablar de panoplia, que literalmente es colección ordenada de armas). La combinatoria puede ser ilimitada, pero nunca igual a cero, porque todos, sin excepción, le tenemos miedo a algo.

Gálvez Ginachero, a pesar de su talante imperturbable y de su fama de cirujano capaz y preciso, también sufrió miedos. Precisamente la enorme responsabilidad de su profesión (que a diario le hacía bregar con algo tan frágil como la salud y la vida de sus pacientes), y su intensa empatía hacia los demás, le provocaba una desazón que explica su dedicación incansable a sus enfermos y su máxima concentración –y a veces brusquedad con sus colaboradores- durante las operaciones.

En una de sus historias clínicas (4/7/1894) escribió respecto de su intervención para extirpar un fibroma uterino: “(el tumor) estaba fuertemente adherido y con una base bastante ancha. Después de tentativas repetidas, largas e infructuosas, me apercibí con terror de que se había perforado la matriz”. La rápida reacción de Gálvez, que describe a continuación en la misma historia clínica, le permitió superar este contratiempo y a los pocos días lograr el alta la paciente. Pero lo que me interesa destacar es, además de la humildad en dejar testimonio escrito de su fallo, el reconocimiento de su propia debilidad. La comprometida situación de aquella paciente le había producido “terror”.

También tuvo miedo las dos veces que le detuvieron, especialmente la segunda. Lo reconoce posteriormente en una entrevista que le hicieron unos periodistas: sintió auténtico pánico.

“A fines de agosto (1936) vino una patrulla de la F.A.I. con una orden de prisión contra mí, firmada por el gobernador civil de la provincia. En seguida me puse a la disposición de los milicianos y me llevaron a donde iban los detenidos más temibles: al Colegio de Salesianos de San Bartolomé, donde la F.A.I. había instalado uno de sus cuarteles. Está ese convento o colegio precisamente en el barrio que yo visitaba todos los días para rezar ante María Auxiliadora. El vecindario me conocía mucho, y me apreciaba bastante, y yo veía las caras de espanto que ponían los obreros del barrio al ver que me llevaban conducido y detenido. Este hecho hizo tranquilizarme en grado sumo. Perdí todo el pánico que en un principio tuve y adquirí un aplomo extraordinario para hablar ante el comité de faistas”.

Acusado de ser un burgués “parásito”, su defensa fue la exposición de su esfuerzo cotidiano: “Llevo ya cuarenta años trabajando en mi profesión, procurando atender a todo el mundo, y principalmente a los obreros. Vosotros lo sabéis bien. Y vosotros mismos, estoy seguro que no habéis trabajado tanto por servir al pueblo como yo, porque entre los domingos, los días de fiesta, la jornada de ocho o menos horas y las huelgas que con frecuencia tenéis, es bien poco lo que trabajáis al año. En cambio yo, como todos los médicos, trabajamos diariamente, sin tener horas de jornada, sin percibir horas extraordinarias y sin descansar los domingos ni días festivos”.

En solo seis minutos –contó Gálvez a los periodistas- se decidió la sentencia: sería liberado. Nadie consideró la posibilidad de imputarle ningún delito. La única discusión fue qué miliciano le llevaría de nuevo de regreso a casa. Al final se encargó de ello el propio jefe de la patrulla que le había detenido, llevándole en coche de vuelta a su hogar, desde aquel cuartel/santuario.

Por tanto, la cuestión no es vivir en un nirvana desinfectado de temores (lo cual es, o escapista, o utópico); la tarea no es evitar el miedo, sino re-accionar, sobre-ponerse a él. No es lo mismo tener miedo que ser un cobarde, porque, como bien distingue José Antonio Marina, son fenómenos que pertenecen a niveles distintos: el miedo es una emoción, la cobardía es un comportamiento.

Naturalmente, vencer el miedo no es una opción meramente voluntarista. Sería demasiado fácil poder alejarse de uno mismo cuando el miedo literalmente te “a-tenaza”. Suele citarse al valeroso mariscal Turenne que antes de entrar en batalla, al sentirse temblar de miedo, se dijo: “¿Tiemblas, osamenta? Más temblarías si supieras donde voy a meterte”. Este distanciamiento para lograr perspectiva, esta voluntaria bipolaridad, a veces funciona, a veces no.

El verdadero recurso, cuando falla el razonamiento, el ánimo, la vergüenza, la evitación del castigo, la motivación del premio… radica en asumir el “deber”, en el que hemos hecho pivotar nuestra dignidad. El deber, que en el caso del cristiano, es el amor. El cura pecador, alcohólico y cobarde de El poder y la gloria de Graham Greene, finalmente decide no huir por atender a un moribundo, y es ejecutado. La monja pusilánime de los Diálogos de carmelitas de Bernanos, pudiendo escapar, finaliza el Veni Creator y ofrece su cabeza a la guillotina; pues, como dice la madre Teresa de San Agustín al pie del cadalso, “el amor saldrá siempre victorioso. Cuando se ama, se puede todo”. Incluso Rieux, el esforzado médico de La peste de Camus, desde la increencia se arriesga al contagio, por cumplir su deber sanitario y por pura filantropía.

Esta Semana Santa, tan peculiar por el COVID-19, no será sin embargo distinta en su esencia y su mensaje: el recuerdo vivo del Hijo de Dios que padeció, que sintió angustia y miedo hasta sudar sangre, que sufrió muerte, horrible muerte de cruz… pero que con su ejemplo nos mostró el auténtico camino para vencer al miedo; y, por Él y en Él, para derrotar hasta a la misma muerte. ¿Qué mejor prueba que las duras y esperanzadoras imágenes de enfermeros y auxiliares exhaustos, monjas con mascarilla llevando comida a los pobres, o capellanes sanitarios voluntarios?

Ha muerto Sebastián Rivas Briales

Hemos tenido conocimiento con gran tristeza del fallecimiento de Sebastián Rivas Briales, otra víctima de este enemigo invisible y mortal que nos ha confinado en nuestras casas y nos ha impedido incluso asistir al funeral de nuestro amigo.

Sebastián fue durante varios años vocal de la Asociación Gálvez Ginachero por la Adoración Nocturna, y se esforzó con gran acierto y éxito en la difusión de la vida y obra del Siervo de Dios, coadyuvando con la causa de beatificación, como marcan sus Estatutos. Dejó paso a Félix Valiñani en este oficio de vocal, por poder atender mejor a su esposa enferma y que hoy es la principal perjudicada del fallecimiento de Sebastián, junto con su querida hija.

Porque Sebastián, que mantuvo una gran actividad hasta el final, sabía que la Adoración Nocturna, sus visitas a los enfermos de la parroquia de los Mártires para llevarles la Comunión, o las tareas de la Asociación Gálvez, tenían que realizarse sin perjuicio de la debida y preferente atención a su esposa. Dio ejemplo de lo que debe ser un verdadero matrimonio cristiano, donde la mutua ayuda y entrega, la donación al otro, hace visible y realiza una auténtica iglesia doméstica.

Sebastián era un auténtico caballero español, y sus principios firmes nunca eclipsaron su entrega bondadosa a los demás, y ni siquiera su buen humor. Solíamos bromear él y yo cuando yo le admiraba su gran capacidad y actividad, y él alegaba su avanzada edad. –“Bueno, yo por ahora me encuentro muy bien, pero tengo más de 80 años, así que hasta que Dios me llame”. Yo le respondía: -“Entonces, Vd. siempre descuelgue, y así Dios, si le llama, le encontrará comunicando”. Nos reíamos.

Ahora sí que Dios le ha llamado junto a Él. Este adorador nocturno podrá adorarle ya eternamente, al lado de su admirado Gálvez Ginachero, haciendo realidad la promesa reservada para quienes como Sebastián se entregaron por todos nosotros: “Venid, benditos de mi Padre…”

Francisco García Villalobos
Secretario de la Asociación Gálvez Ginachero

Gálvez contra las enfermedades contagiosas

 

 

(Publicado en Diocesis Málaga)

Desde muy pronto, y a nivel nacional, se estimó el compromiso de Gálvez para la lucha contra las enfermedades infecto-contagiosas.

Un oficio que le dirigió la Junta Provincial de Sanidad el 22 de agosto de 1899 señalaba que se había acordado aumentar el número de vocales de la misma conforme a “las instrucciones que deben observar los Gobernadores de provincia para prevenir el desarrollo de una epidemia o enfermedad contagiosa, y en su virtud me permito invitar a V. por si tiene a bien honrar con su presencia este Despacho, concurriendo a las Sesiones que dicha Junta celebra todos los días impares a las nueve de la noche. Dios guíe a V. m. años”. Gálvez tenía en aquel momento 33 años. Era Doctor en Medicina desde los 24, y trabajaba en el Hospital Civil desde 1893. Formaría parte de estas instituciones de prevención hasta su muerte en 1952.

Siendo todavía estudiante en Granada, en 1885 ya había podido observar de primera mano los terribles efectos de la epidemia de cólera que se cebó con aquella ciudad. A pesar de las fumigaciones de Bobadilla, esta epidemia penetró en Málaga, con especial incidencia en Vélez-Málaga, Archidona, Álora y Cuevas de San Marcos. En nuestra capital, diariamente morían personas en el barrio de la Trinidad.

A falta de vacuna adecuada, las epidemias se desencadenaban irremediablemente. Así, durante la invasión de la gripe mal llamada española de 1918-19 (que se cobró 1500 vidas en Málaga), y dada la imposibilidad de determinar la verdadera etiología de esta enfermedad, algunos médicos mostraron su convencimiento de que no se podía disponer de un medicamento verdaderamente específico. González Álvarez señalaba que para la gripe “tratamiento patogenético-etiológico no lo hay ni lo puede haber, porque se desconoce el germen único específico” ante lo cual “las indicaciones que pueden hacerse no son más que de índole general, de activar las defensas orgánicas y mantener las energías vitales”. Como ha estudiado Mª Isabel Porras Gallo, no sólo se recurría al suero antineumocócico, sino también al suero antidiftérico para combatir las bronconeumonías gripales; pero ante su ineficacia fueron utilizados “antipiréticos, sudoríficos, tónicos, excitantes, baños, purgantes, desinfectantes, aireación sana, dieta sana e incluso la sangría, adoptando cada médico su propia combinación terapéutica”.

Por su parte Gálvez, célebre por su defensa a ultranza de la asepsia, constantemente defendió medidas higienistas, y, ante la impotencia de la medicina de laboratorio, predicó como mejor profilaxis colectiva la prevención: siempre consideró que la mejora de los servicios básicos (conducciones de agua potable, canalización de alcantarillado, etc.) eran la mejor defensa ante enemigos contra los que no se dispusiera aún del arma definitiva, la vacuna adecuada. Pero entonces, como hoy, la ineficacia de algunas autoridades sanitarias y la inconsciencia de algunos particulares menoscababan los esfuerzos a veces heroicos de los profesionales. Resultan demasiado actuales las palabras del abogado y escritor Narciso Díaz de Escovar publicadas en 1903: “muchas de estas asoladoras pestes que la tradición nos relata se agigantaron por descuido de los más o por el amor propio de obstinados que no veían o no querían ver el contagio para no confesar el error que existía en opiniones vertidas públicamente con harta ligereza. En esas epidemias se grabaron eternamente rasgos de abnegación, que contrastaban con las negligencias de autoridades poco celosas del bien público y desconocedoras de higiénicos preceptos que oportunamente aplicados hubieran evitado tan horribles catástrofes”.

En particular, en cuanto a la tuberculosis, Gálvez se quejaba amargamente de que “los visitantes cada año más numerosos que acuden a Málaga durante el invierno atraídos por la dulzura de clima y por la justa fama de hospitalarios que gozan sus habitantes, observan con extrañeza que los hoteles albergan de ordinario un número harto mayor de lo que debería ser de enfermos tuberculosos en todos los períodos, que sin traba ni cortapisa de ninguna especie habitan en los departamentos que les place, comen en la sala general, escupen por doquier, toman café y esparcen puntas de cigarro allí donde les coge y finalmente son perfectos y acabados modelos de infracción a las reglas de higiene y propagandistas inconscientes del más mortífero o insidioso de los agentes patógenos. Y lo más desagradable del caso es que hasta ahora por nada ni por nadie se ha emprendido ninguna obra de defensa, a pesar de que el mal nos amenaza cada día más de cerca y nos arrebata amigos, parientes, obreros en lo más florido de sus juventudes, madres que empezaban a crearse una familia, niños llenos de esperanza y de vida, y en los cuarteles, en las fábricas, en los conventos, en las escuelas y en todas partes el mal se ceba arrancándonos miles de existencias”.

En 1943, Gálvez tenía 77 años. El  27 de noviembre, en un solemne acto celebrado en el Hospital Civil, se le impuso la Cruz de Beneficencia de Primera Clase. La prestigiosa Orden Civil de la Beneficencia había nacido casi un siglo atrás, en 1856, para premiar la caridad y el esfuerzo de los que se habían destacado especialmente en el auxilio a los infectados por la epidemia de cólera morbo asiático. De sus modalidades, la de primera clase –la que recibió Gálvez– conllevaba el uso de la placa y podía concederse a aquellos que prestaran servicios extraordinarios de caridad. La insignia consistía en una estrella con remates en globillos de oro. Esmaltada en blanco, en su centro circular mostraba superpuesta la representación de la caridad con la figura de una matrona que acoge a dos niños, con una orla con la inscripción Fortitudo – Charitas – Abnegatio (Fortaleza – Caridad – Abnegación). Realmente era la distinción más apropiada para la persona que se caracterizó toda su vida por el esfuerzo en la prevención de las epidemias, y por su caridad para quienes sufrían sus devastadoras consecuencias.

Señor Dios nuestro, que concediste a tu siervo José Gálvez Ginachero, Doctor en Medicina y Ginecólogo, innumerables dones que ejercitó con esfuerzo durante su vida, de modo que nos dejó un ejemplo de ideal cristiano en las variadas facetas de sus actividades como padre de familia, cirujano y hombre público, sostenido por una profunda fe en la Eucaristía y por una gran devoción mariana, supo unir su ciencia médica con el ejercicio de su profesión y la atención a los más necesitados, siempre abierto a toda acción benéfica, fue propulsor de varias de ellas.
Concédenos por su intercesión la gracia que ahora te pedimos (hágase la petición) y haz que nuestra Santa Madre Iglesia, a la que él amó fielmente, acredite públicamente su santidad.
Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Fallece Kathleen Appler, superiora general de las Hijas de la Caridad

Con la discreción que es propia de la Sencillez que debe caracterizarnos, ha pasado medio desapercibida la muerte de nuestra Superiora General, el pasado 18 de Marzo si bien la causa de su muerte ha sido la enfermedad que fué diagnosticada y tratada desde hace año y medio. Pero la coincidencia con la crisis provocada por el famoso virus, no solo explica que no haya sido noticia, sino que en su fallecimiento, ella ha compartido la suerte de todos los que han dejado esta vida sin la compañía física de sus familiares que, lógicamente, no podían desplazarse desde Estados Unidas en estas circunstancias.

Nosotras, Hijas de la Caridad, gracias a las Comunicaciones vía internet, hemos podido participar a distancia en las liturgias -sin público- que se han organizado, como la de Mons. Francisco Pérez, Arzobispo de Pamplona, en la Ermita San Fermín, retransmitida en directo por el Canal de Youtube de la Parroquia de San Lorenzo.

Dada la vinculación de Don José Gálvez Ginachero con las Hijas de la Caridad, he visto oportuno publicarlo  en esta web, segura de que, Sor Kathleen y él, seguirán compartiendo su afan de ayudar a los que quedamos aún en esta vida y, en especial, a los más desfavorecidos. Es lo que ambos hicieron en su caminar por el mundo en épocas distintas.

Y convencidos, hoy más que nunca, de nuestra fragilidad, yo pido su intercesión en favor de todos nosotros, desde los científicos y los que rigen la cosa pública, hasta todos los que ejecutan los cuidados de salud o los diferentes servicios necesarios para sobrevivir y superarar la crisis en el mejor de los sentidos, es decir, aprendiendo de todo lo que nos está suponiendo esta extraña situación.

Cecilia Collado
Hija de la Caridad

Gálvez, médico y alcalde en medio de la epidemia de peste bubónica

Inauguración de un comedor escolar para 200 niños por el alcalde de Málaga, José Gálvez Ginachero, en 1926

Málaga, marzo de 1923. La prensa malagueña denuncia la aparición de una epidemia maligna en la ciudad.

Las autoridades son conocedoras de que se trata de un grave brote de peste bubónica, pero ocultan esta información y tratan por todos los medios de silenciar la noticia, temiendo las terribles consecuencias económicas que la declaración de la enfermedad acarrearían a Málaga.

Finalmente, las autoridades sanitarias gubernativas actúan y la ciudad, y, lo que era aún más grave, el puerto, son declarados “sucios”.

Esta declaración conlleva el inmediato cierre del puerto, paralizando el comercio. Finalmente, desde el Gobierno Civil, en abril de 1923, se inician las oportunas campañas sanitarias, y se obliga al Ayuntamiento a la declaración oficial de la peste en Málaga. En octubre de 1923, mes en el cual José Gálvez Ginachero es nombrado alcalde, la sombra de la peste todavía se cierne sobre la ciudad. Y aunque la epidemia se erradique, la paralización del tráfico marítimo deja en una situación angustiosa a la capital.

Es evidente que una de las razones para la elección de Gálvez como alcalde, y la aprobación entusiasta de su nombramiento por todas las clases sociales, fue su decidida (y en muchas ocasiones heroica) actuación en las sucesivas epidemias que asolaron Málaga a fines del siglo XIX y principios del XX (señaladamente el cólera y la gripe).

El propio gobernador General Cano, representante del Directorio, decía en un telegrama fechado el 7 de octubre de 1923 al subsecretario de la Gobernación que “el sacrificio hecho por el doctor Gálvez, de aceptar con el beneplácito de Málaga entera la alcaldía, debe inspirar la confianza en la sanidad en esta capital”.

Y ciertamente, como han estudiado especialmente Juan María Lamas y Mari Pepa Lara, durante sus tres años como alcalde, hasta su dimisión en 1926, José Gálvez orientó con todas sus fuerzas la política municipal a una labor social sin precedentes: intervención decidida en las condiciones higiénico-sanitarias, particularmente con la canalización de las aguas y el alcantarillado; mejora global de los establecimientos hospitalarios de Málaga, y creación de otros nuevos; intensas campañas de vacunación; construcción de barriadas de protección oficial (entre otras la “ciudad jardín”); y en general cuantas acciones dictaban su ciencia y su conciencia para cuidar la salud de sus connvecinos.

Gálvez Ginachero había heredado una ciudad llena de miseria social y económica, sin confianza en sí misma y con gran temor por el inmediato futuro; y en vez de ensimismarse en ideologías o favorecer a los de su propia clase social (sin hablar de las donaciones que realizó para diversas acciones municipales, en lugar de lucrarse), trató de crear un municipio más solidario, y tuvo la valentía de afrontar los problemas desde su raíz: invirtiendo grandes sumas para el bienestar de los malagueños, y dotando a los pobres y desfavorecidos de las más elementales infraestructuras sanitarias. Ningún alcalde anterior había llegado tan lejos en políticas sociales.

Hoy, cien años después, desgraciadamente nos encontramos de nuevo con la ciudad asolada por una epidemia. Para todos nosotros es una situación absolutamente inédita, que nos ha devuelto con una bofetada de realidad la conciencia de nuestra enorme fragilidad, precisamente en Cuaresma.

Pero el ejemplo de Gálvez, científico y creyente, se reproduce en las acciones esforzadas de todo el personal sanitario malagueño que nos atiende, muchas veces sin medios suficientes para su propia protección, hasta la extenuación. Nuestra gratitud y nuestra oración para que Dios les aliente en su tarea y sobre todo para que aleje de nosotros esta enfermedad que se ceba especialmente con nuestros mayores.

Como nos pide el Obispo Mons. Catalá en su Carta Pastoral Vivir la fe inmersos en la pandemia, “rezamos por las personas que están sirviendo a la población desde sus puestos de trabajo, de manera especial por los médicos y el personal sanitario. Rezamos por quienes tienen la responsabilidad de las decisiones, por las fuerzas de seguridad, por quienes desempeñan su trabajo en estos días como servicio a la comunidad, por los padres que se desviven cuidando a su familia, sobre todo a los niños que viven desconcertados esta situación”.

Y ojalá que el Siervo de Dios Gálvez Ginachero, que tan sensible fue durante su vida terrena con los sufrimientos de las enfermas y enfermos de nuestra ciudad, nos contagie con su ejemplo y nos sirva de modelo para intentar devolver, cada uno en la medida de nuestras posibilidades, la salud física y espiritual y la esperanza a nuestros hermanos.

Oración para pedir por la pronta beatificación de José Gálvez Ginachero

Señor Dios nuestro, que concediste a tu siervo José Gálvez Ginachero Doctor en Medicina y Ginecólogo, innumerables dones que ejercitó con esfuerzo durante su vida, de modo que nos dejó un ejemplo de ideal cristiano en las variadas facetas de sus actividades como padre de familia, cirujano y hombre público, sostenido por una profunda fe en la Eucaristía y por una gran devoción mariana, supo unir su ciencia médica con el ejercicio de su profesión y la atención a los más necesitados, siempre abierto a toda acción benéfica, fue propulsor de varias de ellas. 

Concédenos por su intercesión la gracia que ahora te pedimos (hágase la petición) y haz que nuestra Santa Madre Iglesia, a la que él amó fielmente, acredite públicamente su santidad.

Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Francisco García Villalobos

Un vicentino ejemplo del buen samaritano

Artículo sobre Gálvez en el Boletín de la Sociedad de San Vicente Paúl
(Para verlo a pantalla completa, pulse aquí)

María de la Cruz Salazar primera matrona numeraria de la diputación provincial de Málaga

MariaCruzSalazarEl pasado día 29 de junio 2018, se representó “Historia de la Salud” en el cementerio histórico de San Miguel de Málaga, una visita teatralizada organizada por “Eventos con Historia” una empresa dirigida por Eduardo Nieto, y que se dedica a la animación y teatralización de eventos. En esta ocasión se representaron diversas escenas teatralizadas, donde actores daban vida a importantes personajes del mundo de la sanidad malagueña. Entre ellos, la actriz Inmaculada Márquez dio vida de forma magistral, a la matrona María de la Cruz Salazar, y el actor José Luis Zumaquero García, también de forma brillante, al Dr. Gálvez Ginachero.

Según consta en el Reglamento del Colegio Provincial de Matronas de Málaga de 1925, la maternidad provincial del Hospital Civil S. Juan de Dios de Málaga era la institución benéfica por excelencia y a ella acudían las indigentes que además de serlo, pudieran demostrarlo, mediante la inscripción en el Padrón de Beneficencia de los municipios de la provincia.

Las matronas que trabajaban para la Beneficencia Municipal de Málaga, asistían gratuitamente a domicilio los partos de las mujeres más humildes, siempre que el parto fuera normal; en el caso de existir complicaciones, debían avisar al médico, que podría atender a la parturienta el mismo, o disponer su traslado al Hospital Civil.

Las clases altas eran atendidas en las consultas privadas de los médicos tocólogos; las clases medias eran asistidas en sus domicilios por médicos generales o matronas privadas; y las clases pobres, en el caso de tener alguna complicación, se veían obligadas a acudir a los hospitales de beneficencia como el Hospital Civil Provincial. En Málaga se da el caso que este hospital era dirigido y asistido por los mismos médicos de reconocida fama en la asistencia privada, como el Dr. Gálvez Ginachero.

Durante una gran parte de este periodo histórico (1890-1940), el Dr. Gálvez Ginachero estuvo como Jefe y Director de la Maternidad malagueña. En la salas del hospital podían asistir los partos los médicos, las matronas de servicio, o las alumnas de la escuela de matronas. En el caso de que el parto lo realizara una alumna, siempre era supervisado por la matrona numeraria, por lo que en el registro en la historia clínica obstétrica siempre figuraba la matrona.

Entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX el servicio de maternidad del Hospital Civil de Málaga atendió el 40,5% de los partos que se realizaban en Málaga capital. De la mayoría de los partos realizados en el hospital, durante la primera mitad del siglo XX, un 78,4% eran realizados por las matronas. La estancia media hospitalaria en general de una parturienta en la maternidad del Hospital Civil era de unos 12 días. Este parámetro estaba relacionado con la procedencia de la gestante, en concreto dependía de si la embarazada era de origen rural, urbano o transeúnte y cuando era la matrona la que atendía el parto, el 93,7% de las mujeres cursaban sin fiebre.

A la vista de estos datos, que denotan un importante y progresivo aumento en el número de partos atendidos en la maternidad de Hospital, y unos excelentes resultados sanitarios, se entiende el gran índice de popularidad y el prestigio alcanzado por la Maternidad del Hospital Civil, las matronas y por el Dr. Gálvez entre las futuras madres de Malaga y su provincia, y en la sociedad malagueña en general, durante estos años.

En 1948 se creó la Escuela Especial de Matronas del Hospital Civil de Málaga, bajo la dependencia jerárquica de la Dirección General de Enseñanza; fue el Dr. José Gálvez Ginachero, el fundador de esta escuela de matronas. En 1949 D. José escribió el prólogo al libro “Obstetricia para Matronas” del Dr. Orengo Díaz del Castillo, y en él da a entender cuál es su idea de los conocimientos que debe adquirir una matrona en su formación práctica:

“… desarrollar la parte científica con la suficiente extensión para que sea fácil hacerse cargo de lo que se trata de inculcar, sin necesidad de aprenderlo de memoria, y la parte práctica… los detalles indispensables para que haya la concordancia necesaria entre lo leído y lo visto, que es, a mi juicio, lo que necesita todo el que va a aprender una técnica”.

  1. José Gálvez comprendió la importancia de la formación especializada, y la necesidad de contar en Málaga con matronas que fueran profesionales de gran formación y experiencia práctica, para que realizaran labores de enseñanza en su nueva escuela del Hospital Civil. Las Hijas de la Caridad no tenían permitido atender partos. Por ese motivo ofreció esta misión a personas de su total confianza que ya habían trabajado anteriormente con él mismo en el hospital madrileño de Santa Cristina y que fue inaugurado por los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia en 1924, bajo el nombre de Escuela de Matronas y Casa de Salud Santa Cristina, para la asistencia de mujeres y la enseñanza de matronas.

Según consta en los archivos de la Diputación provincial de Málaga, en los años treinta, se contrató a matronas expertas para realizar funciones docentes en la Escuela de matronas de Málaga. En la partida presupuestaria de la Escuela de Matronas del año 1931 se consigna la contratación de una matrona, María de la Cruz Salazar, procedente de Bilbao, “… con las condiciones precisas de idoneidad y práctica”, para prestar servicio en la Escuela de Matronas de la maternidad provincial del Hospital Civil, con un sueldo de 2.000 pesetas anuales.

Con estas condiciones económicas, y con una plaza fija en la diputación provincial, viene a Málaga Doña María de la Cruz Salazar, la primera matrona y la primera mujer numeraria con una plaza en esta institución malagueña. En la revista Anales de la Diputación, es donde aparece publicado su nombre como la única mujer, entre un largo listado de médicos y practicantes hombres también numerarios, que formaban el parte del personal facultativo de la beneficencia provincial, presididos por el decano y director del hospital y de los servicios de maternidad y ginecología, D. José Gálvez Ginachero.

Esta gran profesional, dedicó toda su vida a la enseñanza en la escuela de matronas del Hospital Civil; al jubilarse, se le hizo una gran fiesta de reconocimiento en el Hospital Noble de Málaga, y finalmente volvió al País Vasco, su tierra, donde falleció.

Silvia Dolores García Barrios

 

Reunión de asociaciones pro-beatificación

Juan Manuel Buergo,Presidente de la SSVP , Cecilia Collado, HC y Leticia Chaves, Delegada de la SSVP en Andalucía, ante el Busto del Dr. Gálvez. Tras una reunión en el Obispado con miembros de la As. Pro Beatificación y de la Pastoral de la salud, en la que están colaborando en otros lugares y dispuestos a hacerlo en Málaga cuando llegue el momento oportuno.

Anécdota curiosa:      El busto se lo dedicaron cuan do aún vivía y, al fijarse en la inscripción, Don José exclamó, cómo que «consagró su vida» ¡si aún estoy vivo!, (convencido de que  pensaba seguir haciéndolo. Y así fue.)